29 de diciembre de 2008

El imán

Hablábamos de libre albedrío; Oscar Wilde improvisó esta parábola:

Había una vez un imán y en el vecindario vivían unas limaduras de acero. Un día, a dos limaduras se les ocurrió bruscamente visitar al imán y empezaron a hablar de lo agradable que sería esta visita. Otras limaduras cercanas sorprendieron la conversación y las embargó el mismo deseo. Se agregaron otras y al fin todas las limaduras empezaron a discutir el asunto y gradualmente el vago deseo se transformó en impulso. ¿Por qué no ir hoy?, dijeron algunas, pero otras opinaron que sería mejor esperar hasta el día siguiente. Mientras tanto, sin advertirlo, habían ido acercándose al imán, que estaba muy tranquilo, como si no se diera cuenta de nada. Así prosiguieron discutiendo, siempre acercándose al imán, y cuanto más hablaban, más fuerte era el impulso, hasta que las más impacientes declararon que irían ese mismo día, hicieran lo que hicieran las otras. Se oyó decir a algunas que su deber era visitar al imán y que hacía ya tiempo que le debían esa visita. Mientras hablaban, seguían inconcientemente acercándose.

Al fin, prevalecieron las impacientes, y, en un impulso irresistible, la comunidad entera gritó:

- Inútil esperar. Iremos hoy. Iremos ahora. Iremos en el acto.

La masa unánime se precipitó y quedó pegada al imán por todos lados. El imán sonrió, porque las limaduras de acero estaban convencidas de que su visita era voluntaria.


Hesketh Pearson, The Life of Oscar Wilde, capítulo XIII, 1946

Propter vitam, vivendi perdere causas (“para seguir viviendo, perder las razones que justifican vivir”)

Abandonada a su propia inclinación, la masa, sea la que sea, plebeya o “aristocrática”, tiende siempre, por afán de vivir, a destruir las causas de la vida. Siempre me ha parecido una graciosa caricatura de esta tendencia a propter vitam, vivendi perdere causas, lo que aconteció en Níjar, pueblo cerca de Almería, cuando el 13 de septiembre de 1759 se proclamó rey a Carlos III. Hízose la proclamación en la plaza de la villa. “Después mandaron traer de beber a todo aquel gran concurso, el que consumió 77 arrobas de Vino y cuatro pellejos de Aguardiente, cuyos espíritus los calentó de tal forma, que con repetidos vítores de encaminaron al pósito, desde cuyas ventanas arrojaron el trigo que en él había, y 900 reales de sus Arcas. De allí pasaron al Estanco del Tabaco y mandaron tirar el dinero de la Mesada y el tabaco. En las tiendas practicaron lo propio, mandando derramar, para más authorizar la función quantos géneros líquidos y comestibles havía en ellas. El Estado eclesiástico concurrió con igual eficacia, pues a voces indujeron a las Mugeres tiraran quanto havía en sus casas, lo que ejecutaron con el mayor desinterés, pues no quedó en ellas pan, trigo, harina, zebada, platos, cazuelas, almireces, morteros, ni sillas, quedando dicha villa destruida.” Según un papel del tiempo en poder del señor Sánchez de Toca, citado en Reinado de Carlos III por don Manuel Danvila, tomo II, pág. 10, nota 2. Este pueblo, para vivir su alegría monárquica, se aniquila a sí mismo. ¡Admirable Najar! ¡Tuyo es el porvenir!


José Ortega y Gasset

Teología

Como ustedes no lo ignoran, yo he viajado mucho. Esto me ha permitido corroborar la afirmación de que siempre el viaje es más o menos ilusorio, de que nada nuevo hay bajo el sol, de que todo es uno y lo mismo, etcétera, pero también, paradójicamente, de que es infundada cualquier desesperanzada de encontrar sorpresas y cosas nuevas: en verdad el mundo es inagotable. Como prueba de lo que digo bastará recordar la peregrina creencia que hallé en el Asia Menor, entre un pueblo de pastores, que se cubren con pieles de ovejas y que son los herederos del antiguo reino de los Magos. Esta gente cree en el sueño. “En el instante de dormirte –me explicaron–, según hayan sido tus actos durante el día, te vas al cielo o al infierno”. Si alguien argumentara: “Nunca he visto partir a un hombre dormido; de acuerdo con mi experiencia, quedan echados hasta que uno los despierta”, contestarían: “El afán de no creer en nada te lleva a olvidar tus propias noches –¿quién no ha conocido sueños agradables y sueños espantosos?– y a confundir el sueño con la muerte. Cada uno es testigo de que hay otra vida para el soñador; para los muertos es diferente el testimonio: ahí quedan, convirtiéndose en polvo”.


H. Garro, Tout lou Mond, Oloron-Saint-Marie, 1918

El milagro

Un yogi quería atravesar un río, y no tenía el penique para pagar la balsa y cruzó el río caminando sobre las aguas. Otro yogi, a quien le contaron el caso, dijo que el milagro no valía más que el penique de la balsa.


W. Somerset Maugham, A Writer’s Notebook, 1949

18 de diciembre de 2008

Los brahmanes y el león

En cierto pueblo había cuatro brahmanes que eran amigos. Tres habían alcanzado el confín de cuanto los hombres pueden saber, pero les faltaba cordura. El otro desdeñaba el saber; sólo tenía cordura. Un día se reunieron. ¿De qué sirven las prendas, dijeron, si no viajamos, si no logramos el favor de los reyes, si no ganamos dinero? Ante todo, viajaremos.

Pero cuando habían recorrido un trecho, dijo el mayor:

- Uno de nosotros, el cuarto, es un simple, que no tiene más que cordura. Sin el saber, con mera cordura, nadie obtiene el favor de los reyes. Por consiguiente, no compartiremos con él nuestras ganancias. Qué se vuelva a su casa.

El segundo dijo:

- Mi inteligente amigo, careces de sabiduría. Vuelve a tu casa.

El tercero dijo:

- Ésta no es manera de proceder. Desde chicos hemos jugado juntos. Ven, mi noble amigo. Tú tendrás tu parte en nuestras ganancias.

Siguieron su camino y en un bosque hallaron los huesos de un león. Uno de ellos dijo:

- Buena ocasión para ejercitar nuestros conocimientos. Aquí hay un animal muerto; resucitémoslo.

El primero dijo:

- Sé componer el esqueleto.

El segundo dijo:

- Puedo suministrar la piel, la carne y la sangre.

El tercero dijo:

- Sé darle vida.

El primero compuso el esqueleto, el segundo suministró la piel, la carne y la sangre. El tercero se disponía a infundir la vida, cuando el hombre cuerdo observó:

- Es un león. Si lo resucitan, nos va a matar a todos.
- Eres muy simple –dijo el otro–. No seré yo el que frustre la labor de la sabiduría.
- En tal caso –respondió el hombre cuerdo– aguarda que me suba a este árbol.

Cuando lo hubo hecho, resucitaron al león; éste se levantó y mató a los tres. El hombre cuerdo esperó que se alejara el león, para bajar del árbol y volver a su casa.


Panchatantra, siglo II a.C.

17 de diciembre de 2008

El sueño de Chuang Tzu

Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.


Herbert Allen Giles, Chuang Tzu (1889)

Der traum ein leben (El sueño es vida)

El diálogo ocurrió en Adrogué. Mi sobrino Miguel, que tendría cinco o seis años, estaba sentado en el suelo, jugando con la gata. Como todas las mañanas, le pregunté:
- ¿Qué soñaste anoche?
Me contestó:
- Soñé que me había perdido en un bosque y que al fin encontré una casita de madera. Se abrió la puerta y saliste vos.-Con súbita curiosidad me preguntó: -Decime, ¿qué estabas haciendo en esa casita?


Francisco Acevedo, Memorias de un bibliotecario (Burzaco, 1955)

Difícil de contentar

Kardan cayó enfermo. Su tío le dijo:
- ¿Qué deseas comer?
- La cabeza de dos corderos.
- No hay.
- Entonces, las dos cabezas de un cordero.
- No hay.
- Entonces no quiero nada.


Ibn Abd Rabbih, Kitabal idq el farid, tomo III.

10 de diciembre de 2008

"Red on maroon" ("Rojo sobre granate"), Mark Rothko


Mi extraño amigo

Mi extraño amigo tiene muy mal humor, en el sentido de pésimo o sombrío humor, según criterios; no hace gracia salvo que se asemeje al tuyo. Tiene una cara sin facciones claras, desfigurada, tumulto de excrecencias. Sus múltiples ojos, sin ser ojos, imperceptibles, se extienden por sendos lados de la cara; como desparramándose por ella secretan a intervalos un humor acuoso digno de toda repulsión. Su boca, como un casquete chato, parece formar tonsura en la cima de la gólgota. Qué guapo cuando sonríe… Es tierno e inofensivo, aunque su aspecto parezca decir lo contrario. Y además de esto, tiene cuerpo; si se le puede llamar así. Consiste en un ectoplasma aún más maloliente –se me había olvidado decirlo– y repulsivo que la cabeza: no tiene articulaciones y lo único que le permite moverse son unos movimientos peristálticos espasmódicos y dinamitantes. Es pura energía… Sólo tiene un sentido, y es el del instinto a priori, exista o no el término. Es decir, no un instinto a posteriori, resultado o residuo directo o indirecto de los sentidos básicos y ordinarios. Se trata, por tanto, de pura tentativa, ya que jamás podrá emplear nada para sus sibilinas intenciones. Lo más que puede hacer es pretender ser auxiliado algún día por un semejante, ya que no le entiendo y no creo que le entienda; y soy su único amigo…

6 de diciembre de 2008

"El barrendero y el diamante" (historia oriental)

Un día, un barrendero de Alejandría encontró, mientras limpiaba una acera, una magnífica piedra preciosa. Pensó maravillado:

- ¿Será un diamante? Iré a ver al joyero para que lo examine.

Se dirigió al punto a ver al experto. Éste le dijo:

- Es, efectivamente, un diamante. El problema es que aquí nadie podrá decirte su valor. Para saberlo, tendrías que ir a Inglaterra.
- ¡A Inglaterra! –respondió el barrendero atónito–. Pero ¿cómo puedo ir yo allí?
- ¡Espabílate!

El hombre vendió todo cuanto tenía, fue a ver a un pirata que poseía una nave y le dijo:

- No tengo más que este diamante… Y es preciso que vaya a Inglaterra para que me lo valores. Te pagaré una vez allí, cuando lo haya vendido.

El pirata aceptó. Ordeno a la tripulación que le dieran el mejor camarote y rodeó de respeto a su nuevo viajero, pues se trataba de un hombre rico.

El viaje se desarrolló tranquilamente. Pero, un buen día, tras haber comido, el barrendero se durmió en la mesa, con el diamante puesto cerca de él.

Durante su sueño, vino un miembro de la tripulación a limpiar el camarote. Cogió el mantel sin prestar atención y lo sacudió por encima de la borda… y el diamante desapareció junto con las migajas en el océano…

Al despertar, el árabe se sintió morir. Se dio cuenta de que se hallaba en una situación extremadamente precaria, ya que no tenía nada con que apagar su viaje. Sabía lo que le esperaba. Se dijo:

- ¡Si me dejo vencer por el desánimo, mi muerte es segura!... Trataré de poner buena cara al mal tiempo y esperaré a ver qué pasa.

Y esto es lo que hizo. Abandonó el camarote como si nada ocurriera y fingió una serenidad absoluta. El viaje prosiguió sin más problemas. Aunque no le llegaba la camisa al cuerpo, nuestro hombre no dejó traslucir nada y el pirata se siguió mostrando tan respetuoso como antes con él. Un buen día, este último le dijo:

- Tengo una cosa importante que preguntarle. Es usted un hombre poderoso. Siento por usted una gran admiración. Sabe que la nave va cargada de trigo. El problema es que, al llegar a Inglaterra, las autoridades no querrán confiar en mí. Puede que me pidan que pague unas tasas exorbitantes… O tal vez me digan que esta carga la he robado… No sé qué problemas me van a crear, pero, a fin de evitarlos, ¿me permitiría usted poner este cargamento a su nombre?

El barrendero aceptó sin discusión. El pirata añadió:

- En Inglaterra, ya lo arreglaremos. Le daré una comisión.

El pirata le hizo firmar distintos papeles que hicieron al árabe propietario de toda la carga.

Una vez en Inglaterra, el pirata vendió su cargamento a muy buen precio. Se vio en posesión de una gran fortuna, pero fulminado por un repentino ataque cardiaco murió justo después. El producto de la venta fue a parar entonces a nuestro barrendero que finalmente se salió con la suya y se hizo rico.



NOTA: Bajo estos cuentos subyace una moraleja o enseñanza básica que hay que desentrañar cautelosamente, no debe uno precipitarse ni tergiversar la información en él presente.

"La ajorca de oro" (leyenda toledana)

I

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el cielo para la expiación de una culpa.

Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo; él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época. Ella se llamaba María Antúnez; él, Pedro Alfonso de Orellana. Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.

La tradición que refiere esta maravillosa historia, acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.

Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos mejor.


II

Él la encontró un día llorando, y le preguntó:
- ¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.

Pedro, entonces, acercándose a María le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río y tornó a decirle:
- ¿Por qué lloras?

El tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial. El sol transponía los montes vecinos; la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.

Maria exclamó:
- No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio; fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:
- Tú lo quieres; es una locura que te hará reír, pero no importa; te lo diré, puesto que lo deseas. Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen; su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban, dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina. Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron, desde luego, en la imagen; digo mal; en la imagen no; se fijaron en un objeto que, hasta entonces, no había visto, un objeto que, sin que pudiese explicármelo, llamaba sobre sí toda la atención… No te rías…; aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su divino Hijo… Yo aparté la vista y torné a rezar… ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces de altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de las llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud… Salí del templo, vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude… Pasó la noche, eterna, con aquel pensamiento… Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y pedrería; una mujer, sí, porque no era ya la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. “¿La ves? –parecía decirme, mostrándome la joya–. ¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo será nunca, nunca… Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo fantástico, tan fascinador…, nunca…, nunca…” Desperté, pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás… ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la frente… ¿No te hace reír mi locura?

Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza que, en efecto, había inclinado, y dijo con voz sorda:
- ¿Qué Virgen tiene esa presea?
- La del Sagrario –murmuró María.
- ¡La del Sagrario! –repitió el joven con acento de terror–. ¡La del Sagrario de la Catedral!...

Y en sus facciones se retraró un instante el estado de su alma, espantada de una idea.

- ¡Ah! ¿Por qué no la posee otra Virgen? –prosiguió con acento enérgico y apasionado–. ¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona y el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación: Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo… yo, que he nacido en Toledo, imposible, imposible.

- ¡Nunca! –murmuró María con voz casi imperceptible–. ¡Nunca!

Y siguió llorando.

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente de río; en la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador, entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial.


III

¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantescas palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas, donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el tesoro de sus creencias, de su inspiración y de sus artes.

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo y un santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra. La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas; el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe.

Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquiera hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas, de alfombras, y sus pilares, de tapices.

Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que le coronan, entonces en cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios, que vive en él, y lo anima con su soplo, y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.

La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí, la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.

Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrestara, al fin, a poner por obra una idea que sólo al concebirla se habían erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.

La catedral estaba sola, completamente sola y sumergida en un silencio profundo. No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o, ¿quién sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y subió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan todos por toda una eternidad. “¡Adelante!”, murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos de erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.

Por un momento creyó que una mano fría y descarnada lo sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo, con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.

“¡Adelante!”, volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara; y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas o luz dudosa, más imponente aun que la oscuridad. Sólo la reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.

Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que le tranquilizaba un instante concluyó por infundirle temor, un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.

Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano, con un movimiento convulsivo, y le arrancó la ajorca; la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una fortuna.

Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se es capó de sus labios.

La catedral estaba llena de estatuas; estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia y le miraban con sus ojos sin pupila.

Santos, monjes, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que, arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos en las bóvedas, pululaban, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas, arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia lo encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:

- ¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.
Leyendas, Gustavo Adolfo Bécquer

22 de noviembre de 2008

Noviembre

- El 5 de noviembre de 1941 nace el cantante estadounidense Art Garfunkel, miembro del mítico dúo Simon and Garfunkel.
- El 9 de noviembre de 1989 cae finalmente el Muro de Berlín.
- El 11 de noviembre de 1918 concluye la Primera Guerra Mundial con la rendición de Alemania frente a los Aliados.
- El 12 de noviembre de 1035 fallece Canuto el Grande, Rey de Dinamarca, Noruega e Inglaterra.
- El 18 de noviembre de 1962 nace Kirk Hammett, guitarrista de Metallica.
- El 19 de noviembre de 2002 se hunde el petrolero Prestige frente a la costa gallega.
- El 20 de noviembre de 1975 muere el dictador Francisco Franco.
- El 24 de noviembre de 1991 fallece Freddie Mercury, líder del grupo Queen, víctima de una neumonía asociada al virus del SIDA.
- El 29 de noviembre de 2001 muere George Harrison, componente de The Beatles.


BURGOS

1 de noviembre de 1506 La reina Juana La Loca, ante los rumores de que los restos de Felipe El Hermoso habían sido llevados a Flandes, manda abrir el ataúd de su marido instalado en la Cartuja.

1 de noviembre de 1755 Un terremoto sorprendió a los habitantes de Burgos, que a primera hora de la mañana hizo estremecer la tierra y bambolear los edificios.

2 de noviembre de 1281 Habiendo Alfonso X el Sabio alterado el valor del dinero, envió a Burgos varios monederos encargados de labrar las nuevas monedas, los que posteriormente fundarían la Casa de la Moneda de Burgos.

10 de noviembre de 1808 Este día tuvo lugar la Batalla de Gamonal, en la que los habitantes de este pueblo se enfrentaron a toda una partida del gran ejército napoleónico por defender su tierra y su independencia, aún con la certeza de la derrota.




Silvia Castrillo

Damasco

Aquellas palabras aladas que estaba catalogando en mi cuaderno de ornitología empezaron a atacarme ferozmente; sentía como sus picotazos percutían mis huesos con la fuerza y decisión de un pájaro carpintero. Huí y huí… Una gran sala de baldosado cárdeno se abría ante mí…, miré mi cuerpo y no había lastre de atavío alguno: mis costillas se marcaban fijas por encima de una tripa henchida y deforme, mis manos se convertían en ceniza… Mis ojos, único despojo tras la degeneración, vagaron libres por los alrededores, mundo inmundo de breñas, cizañas y grandes charcas. Como Barbarroja sentía que de la nada había creado y conquistado un mar de sangre, cubierto por algún claro que otro: allí a lo lejos, en lontananza, se recortaba un querubín en las inarticuladas masas viscerales del mañana. Seguí observando, sin perder ripio, hasta que la falta de párpados me cegó por completo. No sabía ya dónde estaba, si me movía o estaba muerto, asustado en un principio ante la falta de estímulo; sin embargo, poco a poco, aquella nueva realidad me excitaba y cohíbia a tenor de las imágenes que, como en un lienzo, iba dibujando. Era subyugante creerme con ese poder: creaba mil formas voluptuosas, objetuales y femeninas, que jugueteaban alegremente, con ardor y con el único objetivo de agradarme. El arrobo causante hormigueaba mi cuerpo, sintiéndome preso de un inicio orgásmico… Final y aviesamente recorrí la vía láctea en un sinfín de excentricidades. Qué placer, qué paz sentí por un momento, sólo por un instante, ya que mis párpados se abrieron y me encontré arrostrando al espectro del sex appeal. El horror se apoderó de lo poco que me quedaba con vida. Fui retrocediendo poco a poco, sin darme cuenta, hasta haberlo sobrepasado, de que había pisado al chaval del fémur –menos mal, podía haberlo usado contra mí–… De repente, un fuerte viento con un metífico y dulzón olor a coliflor cocida me arrebato del suelo y me elevo indeciblemente. Qué era esto… Lo único raro era que no me había hecho cruces hasta ahora, cuando sentí que algo se rompía dentro de mí. Así, impulsado por mi propia voluntad, descendí hasta una zona pantanosa y fui hundiéndome bajo el peso de la corcova que cargaba mi espalda…

18 de noviembre de 2008

Piel de durazno

Llevaba días, no consecutivos, sin apartar la vista de su piel; ya fuese de la cara, de los hombros, de la espalda, del escote o de los brazos. Tenía el pelo rizado, claro y largo, pero siempre se lo recogía; la cara redonda pero delgada, con encantadores mofletes; la nariz era menuda, del tipo exponencial, como yo digo, haciendo referencia a la curva algebraica; los ojos grandes y dorados al betún de Judea; figura esbelta; buenas formas; y una maravillosa sonrisa. Me había hecho varias pilladas, allí en el The Wall, donde pasábamos las horas. Pero no me importaba, estaba resuelto a entrarla. Me lo había planteado durante un tiempo, pensando que el ideal –las sensaciones inducidas por ella habían tomado forma en mi mente– podía desvanecerse al conocerla, como tantas veces ocurre, prueba de que a veces es mejor no descubrir el rayo de luna, y vivir en un feliz romanticismo. Pero ahí estaba yo, frente a ella, pidiéndola una cita; cosa que me rejuvenecía, ya que no había hecho esto desde los catorce años; y sin embargo estuve bastante bien: aceptó… Quedamos en el Teatro Principal y dimos una vuelta por el centro. Hoy tenía el pelo suelto: buena señal. Hablamos de cosas triviales como de transcendentales, de mí como de ella, del tiempo como del amor… La verdad es que era mejor de lo que había imaginado. Estábamos muy a gusto, y decidimos ir al CAB. Allí, visitamos las exposiciones de las plantas superiores primero, y luego bajamos a la subplanta, mi favorita. Había una enorme “tela de araña” mezclada con columnas y muros, como un complicado laberinto bañado de serpentinas blancas. El autor, japonés; cómo no. Dimos una vuelta alrededor; la luz estaba muy tenue. En un punto se detuvo, me miró con magnetismo y se adentró en la maraña artística. Yo la seguí, claro. Esperaba que los vigilantes no nos pillaran, estropeando así nuestro juego amoroso. La veía, como una ráfaga, tomar los recodos con rapidez. Perseguía la estela aromática de una ninfa en mitad de un infierno… La perdí durante unos instantes, pero, finalmente, la encontré: estaba parada en mitad del pasillo, entre los cortinajes raídos o lo que fueran. Me acerqué sigilosamente… Puse mi cuerpo detrás del de ella y aspiré su olor con fruición; coloqué mis manos sobre sus brazos, sintiendo esa piel con que tanto había soñado: era aterciopelada, como la piel de un melocotón, suave y encendida… Ella no decía nada, estaba expectante. Comencé, entonces, a acariciar su cuerpo y besar sus hombros… Me estaba poniendo caliente: con una mano le agarré el trasero, y con la otra fui poco a poco palpando sus pechos… De repente, la di la vuelta con fuerza, para besarla apasionadamente: tenía la cara desencajada, los ojos, inexpresivos, me miraban, y su cuerpo se tambaleaba. Entonces, me di cuenta, tenía algo alrededor del cuello… ¡Era una liana!... ¡No! ¡No podía ser cierto!... Salí de allí tras dar la voz de alarma, y desaparecí para siempre.

17 de noviembre de 2008

Corruptela

Las personas se corrompen fácilmente. Muy fácilmente. Es difícil mantenerse íntegro, corruptiófugo, imperturbable ante esos “agentes externos” que te pudren poco a poco. Por tanto, tuve que tomar una decisión. Yo sufro una gran indolencia, a escala superior, la definiría como el mayor lastre con que puede cargar un hombre, tanto que mis miras son limitadas, me explico: hago lo mínimo (y no me gusta que me llamen minimalista, pero sí misántropo), incluso en el terreno mental, con lo cual los pasos a seguir en una tarea, en mí, se reducen a uno, aunque suponga un conato de actividad. No puedo, no da mi condición de haragán para más. Mis silogismos funcionan así: si quiero un helado y tengo que ir a comprarlo, ya no quiero helado. Si estoy cansado y una ducha me iría de puta madre, pero tengo que ducharme yo, ya no estoy cansado. Si A es B, B es C, y D es C: D es… es…* me quedo in alvis antes de empezar a reflexionar. Mis sentimientos y emociones se solapan de este modo como estrategia de autodefensa, quedando como única cognición sincera mi desesperada inactividad. Por tanto, soy feliz con muy poco; incluso la apatía me hace cosquillas de vez en cuando, pero no sonrío exteriormente, ya que supone un desgaste físico… Bueno, a lo que iba. Como cuesta mucho pensar por sí mismo he decidido imitar, basar mi comportamiento en conductas observables, a primera vista, claro; lo que comporta que no sea yo mismo nunca. Y, llegados a este punto, os preguntaréis: ¿qué? Pues eso, he conseguido no existir, o lo que es lo mismo, la sublimación de mi ser, de mi idiosincrasia, de mi orgullo antiobrero. Ahora soy un extraño, un honrado ciudadano, consecuente consigo mismo, que ha salvado las dificultades que le imponían los constantes esfuerzos; mi mente: una tabula rasa continua, como una pizarra en que se escribe y se borra, se escribe y se borra…, lo único que queda al final es caliginoso e indefinido –como todo proceso, tiene desperdicios– . Sin embargo he observado ciertos efectos secundarios que no me han gustado un pelo. Un día y otro día, ante mis “sinceros” comentarios reaccionarios, oía risas. Al principio las despreciaba, pero poco a poco fui encariñándome con ellas, hasta convertirme en un socarrón descerebrado y autocrítico. Soy como “se dice” un pobre esnob vagabundo, pútrido –en vez de mordaz–, y tremendamente extravagante.

*Descodificación del silogismo: Si Dios (A) es amor (B), el amor (B) es ciego (C), y Steve Wonder (D) es ciego (C): Steve Wonder es Dios.

13 de noviembre de 2008

Qué muerte

Qué coño es la muerte. La muerte es una llamada de teléfono. Otra. Es un grito, un rugido. Es un mueble que cae durante una mudanza. Un pilar, un tropiezo, un gorjeo. La muerte es un vómito interrumpido. Es un jaguar. Es un alce o un reno. Una cura mal hecha, un infarto, qué se yo, una borrachera. Tengo tiempo de respirar, no he muerto. La muere es un ciclón, o una marejada ciclónica. Es un trueque, un juego de azar, una ruleta rusa. Un llanto y muchos más. Un “deja que los muertos entierren a los muertos”. Un mea culpa, un suicidio. Un pésame, una misa de réquiem, un enterrador, una viuda y unos críos núbiles o impúberes. La muerte te deja helado. La muerte te arrastra. La muerte te libera. La muerte te aterra. La muerte es un todo -y es nada- en el que caben tantas cosas que sólo nombrarlas te recuerdan a muerte…

12 de noviembre de 2008

Sin rostro, sin forma; y, al cabo, sin sombra

Los rostros de mis conciudadanos parecen crueles, inhumanos, absortos en un mar de oscuridad, de “difusa oscuridad”. Me siento extraño, como si no perteneciese a este banco de peces… Otro día más, y veo lo mismo. Ojalá un día despierte lejos de mi hogar, en un lugar extraño, donde nada tenga explicación y la felicidad, no, mejor dicho, la tranquilidad, sobre; que sea algo desposeído de significación, que exista en todas partes, como aquí el aire o el suelo. Pero no, eso no es posible; sería sólo un sueño, algo etéreo que como viene se va… Da igual…, ya me estoy acostumbrando y, la verdad, me acerco bastante a la tranquilidad…

9 de noviembre de 2008

Sentimiento de culpabilidad

Hoy me he levantado con un sentimiento intruso, advenedizo e inconsciente, que va tomando forma en la realidad, como si la idea oculta fuese el origen del objeto –sin atender al espacio-tiempo, además–, el constructor y destructor de un mundo externo y caprichoso manejado por mentes impúberes. Este hecho ha alterado mi “paz interior”, trastocando mi escasa e inconstante lucidez. Me miro las manos y están manchadas de sangre. De un color purpúreo que daña la vista, incapacitándola para cualquier admiración. Todo es rojo oscuro, camino del negro; y terror, de color azul. Es un sentimiento pasajero, lo sé, pero intenso. Caras que me miran escrutadoras y amenazantes reprochan mi existencia con espumarajos de rechazo. La mentira se me antoja dichosa; bálsamo de rapiña, catarsis de responsabilidad que hará las delicias de lo perverso. Antojo del asesino altivo; mi cara sin rostro, derretida, desparramada gracias a ese ácido sulfúrico que estúpidamente parece asidero de liberación. Claro horror a lo conocido, y suculento plato del diablo. Extraño del tren, tú me entiendes… Cara de niña, perdóname…

Una ciudad maligna ("Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones", Charles Bukowski)

Frank bajó las escaleras. No le gustaban los ascensores.

Había muchas cosas que no le gustaban. Detestaba menos las escaleras de lo que detestaba los ascensores.

El empleado de recepción le llamó:
- ¡Señor Evans! ¿Quiere venir un momento, por favor?

Asociaba la cara del empleado de recepción con un plato de gachas de maíz. Era todo lo que Frank podía hacer para no pegarle. El empleado de recepción miró a ver si había alguien en el vestíbulo, luego se acercó a él, inclinándose.
- Hemos estado observándole, señor Evans.

El empleado volvió a mirar hacia el vestíbulo, vio que no había nadie cerca, luego se aproximó de nuevo.
- Señor Evans, hemos estado observándole y creemos que está usted perdiendo el juicio.

El empleado se echó entonces hacia atrás y miró a Frank cara a cara.
- Tengo ganas de ir al cine –dijo Frank–. ¿Sabe dónde ponen una buena película en esta ciudad?
- No nos desviemos del asunto, señor Evans.
- De acuerdo, estoy perdiendo el juicio. ¿Algo más?
- Queremos ayudarle, señor Evans. Creo que hemos encontrado un trozo de su juicio, ¿le gustaría recuperarlo?
- De acuerdo, devuélveme ese trozo de mi juicio.

El empleado buscó debajo del mostrador y sacó algo envuelto en celofán.
- Aquí tiene, señor Evans.
- Gracias.

Frank lo metió en el bolsillo de la chaqueta y salió. Era una noche fresca de otoño y bajó la calle, hacia el Este, Paró en la primera bocacalle. Entró. Buscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó el paquete y quitó el celofán. Parecía queso. Olía a queso. Dio un mordisco. Sabía a queso. Se lo comió todo. Luego salió de la calleja y volvió a seguir bajando la calle.

Entró en el primer cine que vio, pagó la entrada y se adentró en la oscuridad. Se sentó en la parte de atrás. No había mucha gente. El local olía a orina. Las mujeres de la pantalla vestían como en los años veinte y los hombres llevaban fijador en el pelo, peinado hacia atrás, apretado y liso. Las narices parecían muy largas y los hombres parecían llevar también pintura alrededor de los ojos. Ni siquiera hablaban. Las palabras aparecían debajo de las imágenes: BLANCHE ACABABA DE LLEGAR A LA GRAN CIUDAD. Un tipo de pelo liso y grasiento estaba haciendo beber a Blanche una botella de ginebra. Blanche se emborrachaba, al parecer. BLANCHE SE SENTÍA MAREADA. DE PRONTO ÉL LA BESO.

Frank miró a su alrededor. Las cabezas parecían balancearse por todas partes. No había mujeres. Los tipos parecían estar chupándosela unos a otros. Chupaban y chupaban. Parecían no cansarse. Los que se sentaban solos estaban al parecer meneándosela. El queso le había gustado. Ojalá el del hotel le hubiese dado más.

Y AQUEL HOMBRE EMPEZÓ A DESNUDAR A BLANCHE.

Cada vez que miraba, aquel tipo estaba más cerca de él. Cuando Frank volvía a mirar a la pantalla, el tipo se acercaba dos o tres asientos.

Y AQUEL INDIVIDUO VIOLÓ A BLANCHE MIENTRAS ÉSTA ESTABA INDEFENSA.

Volvió a mirar. El tipo estaba a tres butacas de distancia. Respiraba pesadamente. Luego, el tipo estaba ya ene. Asiento de al lado.
- Oh mierda –decía el tipo–, oh, mierda, oh, ooooh, ooooh, oooooh. ¡Ah, ah! ¡Uyyyyy! ¡Oh!

CUANDO BLANCHE DESPERTÓ A LA MAÑANA SIGUIENTE CONPRENCIÓ QUE HABÍA SIDO MANCILLADA.

Aquel tipo olía como si no se hubiese limpiado nunca el culo. Se inclinaba hacía él, le caían hilos de saliva por las comisuras de los labios.

Frank apretó el botón de la navaja automática.
- ¡Cuidado! –le dijo a aquel tipo–. ¡Si te acercas más a lo mejor te haces daño con esto!
- ¡Oh, Dios santo! –dijo el tipo. Se levantó y corrió por la fila hasta el pasillo. Luego bajó por el pasillo rápido hacia las filas delanteras. Había allí otros dos. Uno se la meneaba al otro y el otro se la chupaba. El que había estado molestando a Frank se sentó allí a mirar.

POCO DESPUÉS, BLANCHE ESTABA EN UNA CASA DE PROSTITUCIÓN.

Entonces a Frank le entraron ganas de mear. Se levantó y fue hacia el letrero: CABALLEROS. Entró. El lugar apestaba. Sintió náuseas, abrió la puesta del retrete, entró. Sacó el pijo y empezó a mear. Luego oyó un ruido.
- Oooooh mierda oooooh mierda ooooh ooooooh Dios mío es una serpiente una cobra oooh Dios mío oooh oooh!

En la partición que separaba los váteres había un agujero. Vio el ojo de un tipo. Desvió el pijo y meó por el agujero.
- ¡Ooooh ooooh, marrano! –dijo el tipo–. ¡Oooh eres un salvaje, un cacho mierda!

Oyó al tipo arrancar el papel higiénico y limpiarse la cara. Luego el tipo empezó a llorar. Frank salió del retrete y se lavó las manos. No le apetecía ya ver la película. Salió y volvió andando al hotel. Entró. El empleado de recepción le hizo una seña.
- ¿Sí? –preguntó Frank.
- Por favor, señor Evans, lo siento mucho. Sólo era una broma.
- ¿El qué?
- Ya sabe.
- No, no sé.
- Bueno, lo de que estaba perdiendo el juicio. Es que he estado bebiendo, sabe. No se lo diga a nadie, si no me echarán. Es que estuve bebiendo. Ya sé que no está usted perdiendo el juicio. No era más que una broma.
- Sí estoy perdiendo el juicio –dijo Frank–. Y gracias por el queso.

Luego se volvió y subió las escaleras. Cuando llegó a la habitación, se sentó a la mesa. Sacó la navaja automática, apretó el botón, miró la hoja. Sólo estaba afilada, muy bien, por un lado. Podía clavar y cortar. Apretó de nuevo el botón y guardó la navaja en el bolsillo. Luego cogió pluma y papel y empezó a escribir:

Querida madre:
Esta es una ciudad maligna. Controlada por el Diablo. Hay sexo por todas partes y no se utiliza como instrumento de Belleza según los deseos de Dios, sino como instrumento de Maldad. Sí, la ciudad ha caído sin duda en manos del demonio, en manos del Maligno. Obligan a las jóvenes a beber ginebra y luego las desfloran y las obligan a entrar en casas de prostitución. Es terrible. Es increíble. Tengo el corazón destrozado.
Ayer estuve paseando a la orilla del mar. No exactamente a la orilla sino por unos acantilados, y luego me detuve y me senté allí respirando toda aquella Belleza. El mar, el cielo, la arena. La vida se convirtió en Bendición Eterna. Luego sucedió algo aún más milagroso. Tres pequeñas ardillas me vieron desde abajo y empezaron a subir por el acantilado. Vi sus caritas atisbándome desde detrás de las rocas y desde las hendiduras de los acantilados mientras subían hacia mí. Por último llegaron a mis pies. Sus ojos me miraban. Nunca, madre, he visto ojos más bellos… tan libres de Pecado: todo el cielo, todo el mar. La Eternidad estaba en aquellos ojos. Por último, me moví y ellas…

Alguien llamaba a la puerta. Frank se levantó, se acercó a la puerta, la abrió. Era el empleado de recepción.
- Por favor, señor Evans, tengo que hablar con usted.
- Muy bien, pase.

El recepcionista cerró la puerta y se quedó plantado frente a Frank. El empleado de recepción olía a vino.
- Por favor, señor Evans, no le hable al encargado de nuestro malentendido.
- No sé de qué me habla usted.
- Es usted un gran tipo, señor Evans. Es que, sabe, he estado bebiendo.
- Le perdono. Ahora váyase.
- Hay algo que tengo que decirle, señor Evans.
- Está bien. ¿De que se trata?
- Le quiero, señor Evans.
- ¿Cómo? ¿Querrá decir usted que aprecia mi carácter, verdad?
- No, su cuerpo, señor Evans.
- ¿Qué?
- Su cuerpo, señor Evans. ¡No se ofenda, por favor, pero quiero que usted me dé por el culo!
- ¿Qué?
- QUE ME DÉ POR EL CULO, señor Evans. ¡Me ha dado por el culo la mitad de la Marina de los Estados Unidos! Esos muchachos saben lo que es bueno, señor Evans. No hay nada como un buen ojete.
- ¡Salga usted inmediatamente de esta habitación!

El recepcionista le echó a Frank los brazos al cuello, luego posó su poca en la de Frank. La boca del empleado de recepción estaba muy húmeda y fría. Aprestaba. Frank le dio un empujón.
- ¡Sucio bastardo! ¡ME HAS BESADO!
- ¡Le amo, señor Evans!
- ¡Cerdo asqueroso!

Frank sacó la navaja, apretó el botón, surgió la hoja y Frank la hundió en el vientre del empleado de recepción. Luego la sacó.
- Señor Evans… Dios mío…

El empleado cayó al suelo. Se sujetaba la herida con ambas manos intentando contener la sangre.
- ¡Cabrón! ¡ME HAS BESADO!

Frank se agachó y bajó la cremallera de la bragueta del empleado de recepción. Luego le cogió el pijo, lo estiró y cortó unos tres cuartos de su longitud.
- Oh Dios mío Dios mío Dios mío… –dijo el empleado.

Frank fue al baño, y tiró el trozo de carne en el váter. Luego tiró de la cadena. Luego se lavó meticulosamente las manos con agua y jabón. Salió, se sentó otra vez a la mesa. Cogió la pluma.

…se fueron pero yo había visto la Eternidad.
Madre, debo irme de esta ciudad, de este hotel: el Diablo controla casi todos los cuerpos. Volveré a escribirte desde la próxima ciudad… quizá sea San Francisco o Pórtland, o Seattle. Tengo ganas de ir hacia el Norte. Pienso continuamente en ti y espero que seas feliz y te encuentres bien de salud, y que nuestro Señor te proteja siempre.
Recibe todo el cariño de tu hijo.
Frank.


Escribió la dirección en el sobre, lo cerró, puso el sello y luego metió la carta en el bolsillo interior de la chaqueta que estaba colgada en el armario. Luego, sacó una maleta del armario, la colocó en la cama, la abrió, y empezó a hacer el equipaje.

Sin nombre

Porque te echo en falta aunque estés aquí
Será porque estás sin estar
Aunque tu cuerpo permanezca a mi lado, tu mente vuela
Es imposible saber que piensas
Tus labios escapan a mis besos,
refugiándose en livianos recuerdos
Te atormentas con inalcanzables fantasías
la desazón ante preguntas no contestadas, jamás realizadas
amores sin preaviso que se colaron en tu vida
apostaste por ellos, sin atender al futuro, pensando en el momento
Ellos sólo vivían el instante
Pensaste que te querían, que de verdad te buscaban
Son amores que nacen muertos
apenas florecidos ya se marchitan
¡Lo corta que es su vida! ¡Lo que duelen las mentiras!
Quizás te adelantaste: no debiste enamorarle
¡Se precisa olvidar recuerdo inolvidable!
Recuerdos que atenazan las entrañas, tripas, vísceras
Recuerdos que fueron un engaño ¡Mi engaño, Mi mentira!
Pese a todo

Tomoe

2 de noviembre de 2008

28 de octubre de 2008

La Mujer Esqueleto

Había hecho algo que su padre no aprobaba, aunque ya nadie recordaba lo que era. Pero su padre la había arrastrado al acantilado y la había arrojado al mar. Allí los peces se comieron su carne y le arrancaron los ojos. Mientras yacía bajo la superficie del mar, su esqueleto daba vueltas y más vueltas en medio de las corrientes.

Un día vino un pescador a pescar, bueno, en realidad, antes venían muchos pescadores a esta bahía. Pero aquel pescador se había alejado mucho del lugar donde vivía y no sabía que los pescadores de la zona procuraban no acercarse por allí, pues decían que en la cala había fantasmas.

El anzuelo del pescador se hundió en el agua y quedó prendido nada menos que en los huesos de la caja torácica de la Mujer Esqueleto. El pescador pensó: “¡he pescado uno muy gordo! ¡uno de los más gordos!” Ya estaba calculando mentalmente cuantas personas podrían alimentarse con aquel pez tan grande, cuanto tiempo les duraría y cuanto tiempo él se podría ver libre de la ardua tarea de cazar. Mientras luchaba denodadamente con el enorme peso que colgaba del anzuelo, el mar se convirtió en una agitada espuma que hacía balancear y estremecer el kayak, pues la que se encontraba debajo estaba tratando de desengancharse. Pero, cuanto más se esforzaba, más se enredaba con el sedal. A pesar de su resistencia, fue inexorablemente arrastrada hacia arriba, remolcada por los huesos de sus propias costillas.

El cazador, que se había vuelto de espaldas para recoger la red, no vio como su calva cabeza surgía de entre las olas, no vio las minúsculas criaturas de coral brillando en las órbitas de su cráneo ni los crustáceos adheridos a sus viejos dientes de marfil. Cuando el pescador se volvió de nuevo con la red, todo el cuerpo de la mujer había aflorado a la superficie y estaba colgando del extremo del kayak, prendido por uno de sus largos dientes frontales.

“¡Ay!” ,gritó el hombre mientras el corazón le caía hasta las rodillas, sus ojos se hundían aterrorizados en la parte posterior de la cabeza y las orejas se le encendían de rojo. “¡Ay!”, volvió a gritar golpeándola con el remo para desengancharla de la proa y remando como un desesperado rumbo a la orilla. Como no se daba cuenta de que la mujer estaba enredada en el sedal, se pegó un susto tremendo al verla de nuevo, pues parecía que ésta se hubiera puesto de puntillas sobre el agua y lo estuviera persiguiendo. Por mucho que zigzagueara con el kayak, ella no se separaba de su espalda, su aliento se propagaba sobre la superficie del agua en nubes de vapor y sus brazos se agitaban como si quisieran agarrarlo y hundirlo en las profundidades.

“¡Aaaaay!”, gritó el hombre con voz quejumbrosa mientras se acercaba a la orilla. Saltó del kayak con la caña de pescar y hecho a correr, pero el cadáver de la Mujer Esqueleto, tan blanco como el coral, lo siguió brincando a su espalda, todavía prendido del sedal. El hombre corrió sobre las rocas y ella lo siguió. Corrió sobre la tundra helada y ella lo siguió. Corrió sobre la carne puesta a secar y la hizo pedazos con sus botas de piel de foca.

La mujer lo seguía por todas partes e incluso había agarrado un poco de pescado helado mientras él la arrastraba en pos de sí. Y ahora estaba empezando a comérselo, pues llevaba mucho tiempo sin llevarse nada a la boca. Al final el hombre llegó a su casa de hielo, se introdujo en el túnel y avanzó a gatas hacia el interior. Sollozando y jadeando permaneció tendido en la oscuridad mientras el corazón le latía en el pecho como un gigantesco tambor. Por fin estaba a salvo, sí, a salvo gracias a los dioses, gracias al Cuervo, sí, y a la misericordiosa Sedna, estaba… a salvo… por fin.

Pero, cuando encendió su lámpara de aceite de ballena, la vio allí acurrucada en un rincón sobre el suelo de nieve de su casa, con un talón sobre el hombro, una rodilla en el interior de la caja torácica y un pie sobre el codo. Más tarde el hombre no pudo explicar lo que ocurrió, quizá la luz de la lámpara suavizó las facciones de la mujer o, a lo mejor, fue porque él era un hombre solitario. El caso es que se sintió invadido por una cierta compasión y lentamente alargó sus mugrientas manos y, hablando con dulzura como hubiera podido hablarle una madre a su hijo, empezó a desengancharla del sedal en el que estaba enredada.

“Bueno, bueno.” Primero le desenredó los dedos de los pies y después los tobillos. Siguió trabajando hasta bien entrada la noche hasta que, al final, cubrió a la Mujer Esqueleto con unas pieles para que entrara en calor y le colocó los huesos en orden tal como hubieran tenido que estar los de un ser humano.

Buscó su pedernal en el dobladillo de sus pantalones de cuero y utilizó unos cuantos cabellos suyos para encender un poco más de fuego. De vez en cuando la miraba mientras untaba con aceite la valiosa madera de su caña de pescar y enrollaba el sedal de tripa. Y ella, envuelta en las pieles no se atrevía a decir ni una sola palabra, pues temía que aquel cazador la sacara de allí, la arrojara a las rocas de abajo y le rompiera todos los huesos en pedazos.

El hombre sintió que le entraba sueño, se deslizó bajo las pieles de dormir y enseguida empezó a soñar. A veces, cuando los seres humanos duermen se les escapa una lágrima de los ojos. No sabemos que clase de sueño lo provoca, pero sabemos que tiene que ser un sueño triste o nostálgico. Y eso fue lo que le ocurrió al hombre.

La Mujer Esqueleto vio el brillo de la lágrima bajo el resplandor del fuego y, de repente, le entró mucha sed. Se acercó a rastras al hombre dormido entre un crujir de huesos y acercó la boca a la lágrima. La solitaria lágrima fue como un río y ella bebió, bebió y bebió hasta que consiguió saciar su sed de muchos años.
Después, mientras permanecía tendida a lado del hombre, introdujo la mano en el interior del hombre dormido y le sacó el corazón, el que palpitaba tan fuerte como un tambor. Se incorporó y empezó a golpearlo por ambos lados: ¡Pom, Pom!... ¡Pom, Pom!

Mientras lo golpeaba se puso a cantar: “¡Carne, carne, carne! ¡Carne, carne, carne!”. Y, cuanto más cantaba, tanto más se le llenaba el cuerpo de carne. Pidió cantando que le saliera el cabello y unos buenos ojos y unas rollizas manos. Pidió cantando la hendidura de la entrepierna, y unos pechos lo bastante largos como para envolver y dar calor y todas las cosas que necesita una mujer.

Y, cuando terminó, pidió cantando que desapareciera la ropa del hombre dormido y se deslizó a su lado en la cama, piel contra piel. Devolvió el gran tambor, el corazón, a su cuerpo y así fue como se despertaron, abrazados el uno al otro, enredados el uno en el otro después de pasar la noche juntos, pero ahora de otra manera, de una manera buena y perdurable.

La gente que no recuerda la razón de su mala suerte dice que la mujer y el pescador se fueron y, a partir de entonces, las criaturas que ella había conocido durante su vida bajo el agua, se encargaron de proporcionarles siempre el alimento. La gente dice que es verdad y que eso es todo lo que se sabe.


“MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS” Clarissa Pinkola Estes

21 de octubre de 2008

...

Al cabo de un rato volvió a acariciarme la oreja y me preguntó en qué estaba pensando.

- En lo mismo que tú -le contesté, para hacerme un poco la romántica.
- Pues eres una guarrindonga -dijo-, porque estaba pensando en darte por el culo.

Estoy segura de que soltó esa marranada sólo para hacerse el gracioso, así que no quise echárselo en cara. Luego le confesé que no sabía muy bien en qué estaba pensando, pero que me sentía muy a gusto.

- Yo también me siento muy a gusto -dijo en voz baja, como si le diese vergüenza reconocerlo.


El crimen del cine Oriente, Javier Tomeo

20 de octubre de 2008

87

Darlene se acarició las tetas, enseñándonoslas; sus ojos luminosos relucían con la plenitud del sueño, sus labios estaban húmedos y abiertos. Entonces se giró rápidamente y agitó su esplendido trasero delante nuestro. Los adornos saltaban y flasheaban entre destellos, enloquecían, centelleaban. Los focos temblaban intermitentes en el paroxismo, danzando como astros desorbitados. La banda tocaba una música frenética, desenfrenada. Darlene vibraba como una poseída. Se quitó la braguita enjoyada. Yo miré, todos miraron. Pudimos ver los pelos de su coño a través de la braga de malla color carne. La banda la estaba sacudiendo de verdad, sus nalgas parecían el corazón vivo del mundo.

Y a mí no se me pudo poner dura.



Factotum, Charles Bukowski

17 de octubre de 2008

Otra vez

Otra vez aquí, en este país,
en mi cuerpo, en mi mente,
en mis manos, en mis labios.
No soy dueña de mis pensamientos,
ni de mis recuerdos.
Otra vez en mi habitación, en mi cama.
Desnuda entre las sábanas,
buscando respuestas a tantas dudas,
perdida en un mar de incertidumbres.
¿Cómo viviré?
Otra vez sin ti.


Tomoe

Suplicando un cambio

Esta mañana me sentía mal, anoche me emborraché en el bar de la esquina, hoy el despertador sonó a las ocho. Ayer no fue mi mejor día, las cosas no salieron como esperaba: mal en el trabajo, mal con los amigos, mal con la familia... sólo se salvo mi pareja... en parte porque de eso no uso. A estas alturas de mi vida, a los 42 años, mi pareja soy yo, y no por ello discutimos menos.
Embutida en el trabajo, en pagar la hipoteca, en ganar dinero... se me ha olvidado vivir, reír, divertirme y amar. Sería muy fácil culpar a esta sociedad que nos marca el camino a seguir. Echar la culpa a otros de nuestros errores o problemas siempre es lo más sencillo. ¿Soy un ser humano o un autómata?
Quizás no debería seguir viviendo así...


Tomoe

Gulag

Esta mañana me he encontrado a un hombre junto al río Kuma, cubierto por la nieve. Todavía respiraba, pero estaba más muerto que vivo; quizá esperando que le hicieran hueco. Lo llevé a mi humilde mukeleng. No se liberaba del implacable invierno, eso que he empleado todos los resortes a mi alcance: calor, tisana al samovar… No había nada que hacer, a las pocas horas murió.

Le quité las ropas del cercano gulag Perm-36, del que se habría escapado, y lo enterré. Pronuncié el mejor responso que un pobre mujik puede expresar, por su alma y por la de todos los rusos.


Patria es humanidad

"Patria es humanidad", José Martí.

La manzana es un manzano
y el manzano es un vitral
el vitral es un ensueño
y el ensueño un ojalá
ojalá siembra futuro
y el futuro es un imán
el imán es una patria
patria es humanidad

el dolor es un ensayo
de la muerte que vendrá
y la muerte es el motivo
de nacer y continuar
y nacer es un atajo
que coduce hasta el azar
los azares son mi patria
patria es humanidad

mi memoria son tus ojos
y tus ojos son mi paz
mi paz es la de los otros
y no sé si la querrán
esos otros y nosotros
y los otros muchos más
todos somos una patria
patria es humanidad

una mesa es una casa
y la casa un ventanal
las ventanas tienen nubes
pero sólo en el cristal
el cristal empaña el cielo
cuando el cielo es de verdad
la verdad es una patria
patria es humanidad

yo con mis manos de hueso
vos con tu vientre de pan
yo con mi germen de gloria
vos con tu tierra feraz
vos con tus pechos boreales
yo con mi caricia austral
inventamos una patria
patria es humanidad


Geografías, Mario Benedetti

16 de octubre de 2008

Una vida y pico

Amanezco tumbao en el suelo del baño. La cabeza en la parte trasera del bidé. Los pies descalzos… Siento las baldosas en los huesos; se abrigan conmigo. Les privo de tal comodidad: me levanto con gran esfuerzo, tengo el cuerpo molido, y la cabeza batida. Miro en derredor: el baño del terror. Limpio la bañera, llena de potas nauseabundas; los azulejos, llenos de gapos y restos de sangrías; mi cara, llena de “laca” –no me importa mojar la ropa y alrededores–.

Me sitúo en el exterior; el resto del piso está igual, incluso peor: hay restos humanos desperdigados por distintas habitaciones. Me asomo a la cocina, busco a Miqui… Bah, ya no me acordaba, se le acabo ayer el material. Me vuelvo a casa.

Espero tumbado en la cama a que el sueño me libere, pero no lo hace. Estoy ansioso, no puedo soportar la sensación de que me falta algo. Es como si no existiera… Como si todo mi ser fuera opio en una vida vegetativa. Un autómata dirigido por ella (la droga); sin embargo esto no lo pienso cuando estoy picao o preso del síndrome de abstinencia. Cuando siento que me invade y me domina, me eleva y me sustenta en un mar de salmuera, y finalmente me deposita con cariño en la cama, colocao y feliz, no pienso en la mierda que hay que comer para disfrutar de un simple picotazo. Lo que conocemos por vida no me llena, la heroína sí…

Me cago de más…

Cuando levanto el culo del váter compruebo mi obra… Un cerote magnífico. “Qué sano estoy”.

Ya no lo aguanto más, necesito respirar… Me voy en busca del camello, ese administrador del servicio público clave en nuestro equilibrio físico y espiritual. Al principio no encuentro a nadie que tenga algo de lo que necesito, lo más que me ofrecen son pastillas de mierda, inútiles. Es como si le das un caramelo a un muerto de hambre. Pringaos… De repente veo a Yoni –nunca he visto a un cuervo que se pique tanto y mantenga a raya su negocio; de ahí le viene el mote–. Le abordo con ardor pero manteniendo la calma, no quiero parecer un lameculos. Pasa las cápsulas de heroína a mil y las papelinas a mil doscientas. Es mucho, teniendo en cuenta que esos 50 o 60 miligramos respectivamente sólo me dan para un chute. Pero esta vez no tiene más que morfina en polvo, dice que la cosa esta chunga… Me extraña. Le pillo dos a mitad de precio con insistencia. Vuelvo expectante a casa.

Saco las herramientas: algodón, cuchara, aguja hipodérmica y cinturón. Me siento en el borde de la cama, junto a la cómoda. Deposito cuidadosamente el polvo en la cuchara, le doy lumbre. Poco a poco los cristalitos se van disolviendo… Filtro la solución con el algodón –prefiero ser precavido, no me fío de las sustancias que hayan podido utilizar para cortarlo o del alcanfor; soy un finolis–. Finalmente lleno la jeringa. Prendo fuerte el cinturón al brazo para hacer salir de su escondrijo a las venas; cada vez son más listas. Encajo mis mandíbulas en el cuero… Inyecto y salgo…

Oh…, Nirvana…, has vuelto…

Eric Drooker, "Ese gran artista y ser humano"






































15 de octubre de 2008

La inocencia del sueño

En 1930 vivía en Queens, cerca del East River; allí, en la ciudad de los rascacielos. Estaba bien aquel barrio, al menos como yo lo recuerdo. Tenía muchos amigos; nos pasábamos la vida jugando, peleando o escamoteando frutas y bebidas con alguna añagaza divertida. Disfrutaba mucho viendo bailar charleston y a veces me aventuraba con algún amigo bailón a echar unos pasos desacompasados, era genial… Soñábamos con ir a Brooklyn de frac y bastón soltando improperios y metiéndonos en mil líos, como Buster Keaton o Charlie Chaplin. Éramos la cuadrilla “of the edge”.

Un buen día estábamos jugando al escóndete que te ando en la zona vieja; había edificios enteros vacíos y otros muchos por vaciar, ya que la zona estaba siendo desalojada a pasos agigantados. Nosotros aprovechábamos para jugar. Teníamos nuestros límites, pero, aun así, abarcábamos varios bloques: éramos muchos y el juego se desarrollaba por equipos. Yo me zafé de todos, quería jugar mis propias cartas. Encontré una vivienda a medio embalar: todo estaba tirado por aquí y por allá, pocos muebles y alguna que otra caja de mudanza. Decidí que un pequeño aparador era el mejor sitio para cobijarme, así que me agazapé dentro. Al principio la oscuridad me impacientaba, pero poco a poco me fui acostumbrando; es relajante cuando estás solo con tus pensamientos. Tras breves conatos de ideas, empecé a pensar en el brillante futuro que me esperaba como croupier compinchado o como gentleman inglés. Después, los colores de las fichas y las faldas me transportaron a un bucólico lugar: todo verde y hermoso, con nervios de agua y árboles frutales… Entre el follaje me pareció ver unos ojos entornados, que al parpadear expresaron una leve risa; sin más dilación, fui en busca del misterio... Nunca la encontré. Salí del mueble despreocupado, reparado… El aire me daba en la cara, y mis pies se encontraban en la cumbre de un enorme alcor, en medio de lo que parecía un estercolero; olía muy mal, los rayos del último sol del día se filtraban entre las nubes. El arrebol desaparecería bajo el bruno enjambre de “tumbas”…

Benedetti y Bukowski

Martes, 10 de Febrero del 2009, Afueras de la Universidad de Granada

- ¿Qué haces tan concentrado, Anxo?
- Ah, hola, Jaime. Estoy indagando en este libro.
- ¿Indagando? Será leyendo. Es una novela.
- Ya, pero es que estoy investigando sobre la personalidad de dos grandes escritores.-Jaime levanta levemente las cejas. Anxo continúa:

- Mi trabajo fin de carrera. He pensado titularlo: “Vidas paralelas”. Se trata de una comparativa contextualizada de las vidas de dos grandes literatos coetáneos: Benedetti y Bukowski; fijo que te suenan.
- Pues sí, pero no sabía que eran de la quinta.
- ¿Has leído algún libro de ellos?
- Pocos, pero sí.
- Y qué te ha parecido. Sus obras son muy psicológicas.
- Pues no sabría decirte… Quizá, Bukowski un guarro, y Benedetti… un romántico.
- Buenas definiciones.
- ¿Y tu qué piensas? Habrás tenido que empollarte sus biografías.
- En realidad no. Estoy intentando esclarecer sus conciencias por las obras.
- Qué chungo.
- Qué va, son muy expresivos e intimistas; ten en cuenta que por encima de todo son poetas. Sin embargo, pretendo ver más allá. Hoy, por ejemplo, creo que he descubierto algo muy interesante… Yo ya sabía que los dos son almas errantes; aventureros, idealistas, románticos. Y que las condiciones, las distintas circunstancias, motivaron que sus caracteres divergieran: Benedetti inmerso en una época y lugar de cambio, de revolución, de inspiración; Bukowski en una sociedad decadente, fruto del “progreso”, inmovilista y resignada. Pero esto no es del todo cierto, porque en realidad convergen; se complementan. Con amenazas y fortalezas invertidas. Uno ama y otro odia. Ambos con gran fuerza y sentimiento. Muy diferentes y muy similares a la vez. Un espejo frente a otro espejo… Bueno…, a lo que iba. Hoy, a tenor de lo expuesto, he pensado, aunque probablemente me equivoque, que lo que les define realmente es su predisposición, me explico: Bukowski es un valiente que quiere ser cobarde, no…, mejor dicho, una persona positiva que pretende ser negativa; y, Benedetti una persona negativa que pretende ser positiva. El primero se viste con tristeza siendo alegre, y el segundo se viste con alegría, con esperanza, siendo triste. Un cambio de chaqueta que abrigue mejor. Pero, ya sabes, Jaime, que yo no voy para sastre…

14 de octubre de 2008

El tiempo es pura pamplina

Hoy es domingo, y estamos mi amigo Pedrín y yo apurando las últimas horas del vermú, antes de irnos a casa, con unos dulces, e incluso helados. Nuestros padres están departiendo felizmente en el bar de enfrente. El banco está cálido y las chicas pasan muy bien vestiditas por delante de nuestros ojos. A Pedrín le gusta la Margarita, y no le gusta nada que le diga: “mira, allí va la Amarga”. Le enfurece, pero a mí me hace mucha gracia; es un romántico…

- Oye, Diego, voy a ir al quiosco de la vuelta a por unos cromos, ¿quieres tú algo?
- No, gracias, Pedrín -le contesto.

Me quedo allí mirando a las chicas. Qué guapas son todas…

Vuelve mi amigo, pero qué… Ya no veo a Pedrín. El mismo rostro pero distinto ánimo, es como si hubiera pasado un siglo por él. Le miro, me mira desconfiado. “¿Qué pasa?”, me interpela. “Nada, nada”, le digo para que no sospeche negativamente de sí mismo. Seguimos allí, el tranquilo, yo no. Estoy preocupado por lo que ha sido del otro yo de Pedro, se ha desvanecido en la nada. Tengo miedo de lo que pueda pasar a partir de ahora… ¿Seguiremos siendo amigos?... O esto supone un punto de inflexión.

Para comprobar si estoy en lo cierto, le espeto: “Hoy no se la ha visto el pelo a la Amarga, ¿eh?”. Pero no dice ni “mu”, como si no hubiera escuchado nada. Me entra un azogue irreprimible.

- ¡Vamos! ¡A casa chicos! -grita mi madre saliendo con la tropa del bar.

Dos menestrales por el precio de uno

La noche es fría y cerrada. Las calles desiertas invitan a la reflexión, no como algo rutinario, sino como algo desesperado, íntimo. El silencio inunda cada resquicio con su soterrado y mudo grito. La humedad hiela los huesos. Otoño, barrio obrero. De repente, aparecen en escena dos trabajadores del polígono industrial anejo, suponemos, de camino a casa. Escuchemos fisgonamente:

- ¿Qué vamos a hacer ahora Juan? –dice el más joven con acento atribulado.
- Yo entrar en casa, dar un beso a mi mujer, beberme una cerveza e irme a dormir.

Los hombres se separan despidiéndose con un gesto desganado. El más joven se va hecho polvo, desamparado como la noche.

12 de octubre de 2008

"Tratamiento igualitario", Sandra Scher


Los huevos

Más allá de las islas Filipinas
hay una que ni sé cómo se llama
ni me importa saberlo, donde es fama
que jamás hubo casta de gallinas,
hasta que allá un viajero
llevó por accidente un gallinero.
Al fin tal fue la cría, que ya el plato
más común y barato
era de huevos frescos: pero todos
los pasaban por agua (que al viajante
no enseñó a componerlos de otros modos).
Luego de aquella tierra un habitante
introdujo el comerlos estrellados.
¡Oh, qué elogios se oyeron porfía
de su rara y fecunda fantasía!
Otro discurre hacerlos escalfados…
¡Pensamiento feliz!..., otro, rellenos…
Ahora sí que están los huevos buenos:
uno después inventa la tortilla:
y todos claman ya, ¡qué maravilla!
No bien se pasó un año.
Cuando otro dijo: “Sois unos petates:
yo los haré revueltos con tomates.
Y aquel guiso de huevo tan extraño
con que toda la isla se alborota,
hubiera estado largo tiempo en uso,
a no ser porque luego los compuso
un famoso extranjero a la hugonota.
“Esto hicieron diversos cocineros:
pero ¡qué condimentos delicados
no añadieron después los reposteros!
Moles, dobles, hilados,
en caramelo, en leche,
en sorbete, en compota, en escabeche”.
Al cabo todos eran inventores,
y los últimos huevos, los mejores.
Mas un prudente anciano
les dijo un día: “Presumís en vano
de esas composiciones peregrinas.
¡Gracias al que nos trajo las gallinas!”
¿Tantos autores nuevos
no se pudieran ir a guisar huevos
más allá de las islas Filipinas?

11 de octubre de 2008

Domingo 24 de febrero

No hay caso. La entrevista con Vignale me dejó una obsesión: recordar a Isabel. Ya no se trata de conseguir su imagen a través de las anécdotas familiares, de las fotografías, de algún rasgo de Esteban o de Blanca. Conozco todos sus datos, pero no quiero saberlos de segunda mano, sino recordarlos directamente, verlos con todo detalle frente a mí tal como veo ahora mi cara en el espejo. Y no lo consigo. Sé que tenía ojos verdes, pero no puedo sentirme frente a su mirada.

La tregua, Mario Benedetti

9 de octubre de 2008

Capítulo VIII: La rebelión de los bosques

Paso un tiempo, el país estaba sumido en el caos, nada era como antes. El bosque estaba casi arrasado por su desmedida explotación, “Los Enanos” habían agotado ya su mina y los resultados eran dantescos, ni un árbol en hectáreas, y los recursos agrícolas y ganaderos habían emigrado. Los habitantes del país consideraban que habían sido robados y que era culpa del mal gobierno. Además ya se conocían varias leyendas referentes a la traición sufrida por la reina, y esto no hacía más que avivar la cólera de los ciudadanos. Algunos animales del bosque habían sido obligados a buscar otras tierras para vivir, otros, los más belicosos, permanecían allí con sed de venganza y los más pusilánimes esperaban la muerte en sus guaridas.

Sin comida, sin esperanza, sin nada que perder comenzó la sedición. Primero los propios empleados del palacio comenzaron a sacar de allí todas las provisiones aviadas para los reyes, ahora y por propio interés de ella, Felón y Blancanieves, y a repartirlas según las necesidades de cada uno. Luego todos los habitantes que quedaban en el país entraron violentamente en el palacio dando busca y captura a los reyes, los cuales fueron ejecutados esa misma noche de la forma más cruel que se pueda imaginar. El alma de deidad de Blancanieves se perdió para siempre, debido a que ignoraba tal virtud y su carácter esteta no la dejaba ver más allá de lo puramente material.

“Los Enanos” estaban aterrados, sabían que ellos serían los siguientes como culpables que eran de la catástrofe, y debido también a la buena hacienda que poseían. Además, ya habían tenido la primera baja: Dormilón, ante la falta de ajenjo u otras plantas para destilar su alcohol, cayó en una espiral de dolor a causa del mono etílico, hasta tal extremo que el delirium tremens lo mató. El resto de los hermanos decidieron huir mientras pudieran.

Las escasas familias que no huyeron del lugar formaron una república organizada en falansterios y dispuesta a subsistir.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

El fin y el principio

Hoy no es un día cualquiera. Hoy es el fin, o el principio, no lo sé, según cuál fuere mi inclinación, de la cual no creo que nunca disponga. Lo que sí sé es que estoy jodido.

El verano se presenta extraño, por no decir infernal o, mejor aún, demencial. La locura me proporcionara total libertad, ¡es genial!... Deja de reflexionar sin orden, mente ambigua, sin antes relatar la experiencia vivida este soleado día de agosto.

Hoy no he dormido. Bueno, miento. No, técnicamente, pero sí he tenido numerosas alucinaciones -de éstas que preceden al estado soñoliento- bastante divertidas, lo que, unido a mi inquietud, ha levantado una muralla infranqueable entre nosotros, el sueño y yo. Las caóticas imágenes que me han rebelado estaban acompañadas de convulsiones, sollozos y exudación nauseabunda. Lo he resistido por pura indolencia: levantarme, para qué, morirme, por qué no. Finalmente he salido de mi dédalo de sábanas, tras destrozar sus agitados vuelos como desquite de un sueño negado. Lo único que quería era dormir, pero hasta lo onírico me rechaza, sólo quiere almas libres, incondicionadas, sujetas sólo a los designios de la naturaleza. No me enfado; soñar es lo único que me queda. Miro el reloj, hago unas llamadas furibundas e intempestivas… Vuelvo a realizarlas, parece que me va la justicia retributiva. Nunca he creído en Némesis; pero igual… “va siendo hora”. Retorno a la boca que me ha escupido, por puro recreo sádico. Sigue caliente, como yo. Mis ojos no se cierran en horas. Pienso en privar sin medida, pero no me gusta nada el alcohol amargo. Destrozarme hasta olvidar quién soy, eso quiero, pero prefiero hacerlo por mis propios medios. Finalmente entra un rayo de sol.

Salgo a la calle, muy temprano, espero a que abran el bar Laguna. Compro cigarrillos, de mi marca. Busco mi hueco, buen sitio para recostarse y cavilar. Fumo y fumo hasta que mi garganta grita y llora la sequedad. Ya vale. Vuelvo a casa. Mis padres están preocupados, muy preocupados, me miran como si hubiera perdido la cabeza -no están tan alejados de la verdad-, confío en ellos y les hago confidentes de mi fantasmal circunstancia. Me entienden, se enfadan. Me meto en la cama por iniciativa ajena, no duermo, sólo pienso. Me levanto y a hurtadillas hago más llamadas infructuosas. Me visto, música de Los Suaves, lágrimas que se cuelan dentro, allá donde nunca más saldrán, sentina de esperanzas perdidas... Qué más da. Salgo de casa, ya casi es mediodía. Espero encontrar a un buen practicante, necesito una cura de urgencia, natural, claro. Busco y encuentro. Ya tengo lo que necesitaba. Voy al parque y me lío el primer canuto. Lo fumo ávidamente, con largos y rápidos calos, cabreado, tan cabreado como me incitan los pensamientos. Odio tener imaginación, las imágenes mentales me atormentan. Acabo el porro y no estoy colocado. Nada. Otro y otro. Mi cuerpo no asimila la droga o el dolor contrarresta su efecto. Sigo a lo mío. Se juntan amigos, me interpelan, pero no consiguen nada, sólo vagas reflexiones, así, como esta carta. Dicen que tengo mala cara, me río estúpidamente y abro la caja del humor negro con comentarios indeseables y grotescos. Mi bruna comicidad sólo hace gracia a mi amor propio, mucha gracia. Típica risa que da paso a tristes, muy tristes, lágrimas. De forma que casi cualquiera que te viera sentiría una lástima vergonzante, pena de autócrata, ojos de desprecio y comprensión. Pero yo soy otro, aunque “ayer” no. Desperté de súbito, pero desperté, no más cabal que cualquier humano; renací, salí de la fantasía de la ignorancia, ya no lloró ni tengo inseguridades. Pero podría hacerlo, estoy libre de todo condicionamiento, no me avergüenza ser débil, porque soy fuerte. Aun así, no me hundo, en ese momento, pero me callo y dejo que las relaciones humanas mantengan su cotidianidad.

Vuelvo a casa, me siento cansado y nervioso. Casi no como. No vuelvo en mí, en mi yo anterior, sigo en el principio del fin o en el fin del principio, sea lo que sea. No tengo sueño, no tengo hambre, todo se ha olvidado de que existo. La tarde se presenta metílica.

Salgo pronto y sigo con tesón mi decisión de acabar con toda neurona compadeciente de mí. Estoy bien con la desesperanza, noto la simbiosis entre nosotros. Es tan poderosa como lo era la agradable y contraria sensación anterior a hoy. Es increíble. Debo canalizarlo adecuadamente, distribuir esa energía, buscar más dentro de mí. Quizá ese sea mi problema, soy un monomaniaco, un loco obsesivo; nunca conseguiré subsistir en este mundo, no quiero ser "otra piedra más en el muro".

La tarde se resume así: desfase, inconsciencia, olvido -lamentablemente sólo de esta tarde-.

La noche no se resume, se sufre. Vuelta a la fatalidad.

Y al día siguiente… No es el fin, como véis, aunque algo ha muerto.


P.D.: Es estúpido sentirse así por amor, no por la gran satisfacción que supone como cualidad y acción, no, me refiero a algo mucho más simple: al amor por un miembro del género contrario. Fuente de perdición o felicidad. Monotema de alegría en una vida insignificante. Una mierda si es vivido canónicamente, “como todo el mundo”. Vida y Muerte si es real; un afluente entre otros muchos, que acabará en un río mayor, y finalmente en un mar; un fluir inconsciente de una mente libre que desea, que ama; que busca, que sueña; que da y recibe; que sufre y muere…

8 de octubre de 2008

Capítulo VII: Los espíritus de la naturaleza

Felón llegó como un tifón al palacio, dejo su caballo y entró desbocado, sacudiendo golpes a todo lo que encontraba a su paso. En el suelo del salón se encontraba Damne, tendida sobre jirones de telas y muebles destrozados, él la miró torvamente, la trabó de un brazo y levantándola con virulencia la amenazó:

- ¡Dime ahora mismo como se usa el poder de este collar o verás de lo que soy capaz!
- Tú no eres capaz de nada, sólo de hacer daño.
- ¡Qué me lo digas, te digo!
- Ese collar no tiene ningún poder, no te servirá de nada.
- Entonces devuelve la vida a nuestra hija, tú se la quitaste y tú se la vas a devolver, aunque sea lo último que hagas.
- De acuerdo, será lo último que haga; te revelaré la forma de revivirla y me iré para siempre. Y lo haré por que te amo como tú nunca amarás –dijo melancólica la reina-. La única magia que puede existir es el milagro de la vida y éste viene de la naturaleza, de su esencia, de aquello que es necesario para nacer, crecer, procrear y morir. Por eso te daré una gota de mi sangre, que, en contacto con la suya, la vida le devolverá.

Él, sin entender el verdadero significado de sus palabras, acepto su sangre y salió igual que había entrado, aunque sin decir nada a su desposada.

Damne salió de las estancias de palacio y se perdió entre la fronda del bosque.

El rey regresó a la casa donde se encontraba Blancanieves lo más rápido que pudo. Se abrió paso entre la caterva de gente y mezcló la sagrada sangre con la de su amada. Al momento su cuerpo comenzó a moverse. Él sujetaba su mano cuando ella abrió los ojos; y mirándole dijo:

- ¿Qué ha ocurrido?
- Que has tenido un efímero viaje al más allá, pero ya has regresado.
- ¿Dónde esta el collar?
- El collar no tiene ningún poder, tu madre es la verdadera divinidad.
- ¡No puede ser, no! –gritó la princesa.


En palacio todos estaban confundidos, no sabían lo que estaba pasando y tenían miedo del futuro. Unos comentaban que la reina había dejado a su suerte al pueblo, otros que la había matado su pérfida familia para hacerse con el cetro; el caos era lo único que reinaba.

Algo no podía esperar a que esto se resolviese por si solo y decidió ir al bosque a buscar a su reina en la dirección que algunos decían que había tomado. Todo estaba oscuro, el denso dosel no dejaba pasar apenas los rayos del sol, los sonidos de los animales y del viento hacían del inhóspito lugar todo un misterio. De repente, un extraño ser unido a un árbol comenzó a hablarle:

- ¿Qué haces aquí?
- Busco a mi reina –dijo asustado el hosco-. ¿Quién eres tú?
- Yo soy Eurídice, driada de este árbol –declamó-. Tu reina ha vuelto al lugar al que pertenece como náyade que es, divinidad de ríos y fuentes, hecha de agua dulce como su madre, Aretusa, que se enamoró de un rey y abandonó este manantial.

Algo avanzó unos pasos y se apoyó en una fuente cercana para observar sus límpidas aguas.

7 de octubre de 2008

Capítulo VI: Inquina filicida

La reina seguía sumida en una ola de amargura. Despechada, no podía con la vida, tenía que hacer algo para que todo volviera a ser como antes. A Felón lo amaba con todas sus fuerzas, pero éste no la hacía caso, estaba también melancólico por la pérdida de su amada. Todo iba cayendo en un mar de desesperación y egoísmo, en palacio la vida había desaparecido y la muerte rondaba como hálito del viento.

Felón tenía en mente buscar a su hija, pero le retenía el pensamiento de su esposa llena de cólera mandando a numerosos esbirros a matar a todo traidor y enamorado; así que, resignado, mataba su tiempo en pecaminosos pensamientos.

La reina, al ver que no podría apagar la llama del amor prohibido nacido a despecho suyo, decidió acabar con la vida de su hija. No podía soportar que Blancanieves tuviera todo lo que ella deseaba. Mandó al caballero Algo, ascendido fulgurantemente en el escalafón de la corte por su lealtad y templanza, a buscar el paradero de su hija. Le proporcionó dinero, alimento, el mejor corcel del reino y la advertencia de que no volviera sin resultados. A los dos días volvió con la información requerida. Ella le dio un paquete cerrado y le dijo que se lo entregará en mano a su hija con el comentario de que el rey Felón se lo había hecho llegar para ella.

Una vez allí y obedecida la consigna de la reina, Blancanieves cogió el paquete y cerró la puerta, dejando a Algo apenado porque sabía que nada bueno podía pasar, siendo él cómplice y verdugo. Cogió la nota que figuraba en la tapa del misterioso paquete y leyó: “Te obsequio con este espejo para que tu belleza te de fuerzas y esperanzas”. En aquella casa no había espejo alguno, por lo que ese presente le haría muy feliz. Lo abrió y, de súbito, apareció un áspid que le mordió en el cuello causándola una muerte instantánea.

Cuando volvieron “Los Enanos” del trabajo ella yacía exánime en el suelo. Éstos se acercaron y comprobaron su estado. Al ver que estaba muerta, se asustaron, y pensaron que todos estaban en peligro. Cogieron su cuerpo, lo depositaron encima de una larga mesa y llamaron a todos los druidas, médicos y curanderos que conocían; si no se despertaba no sabrían como controlar el collar y la venganza contra ellos por guarecerla sería terrible.

Vinieron doctos seres de todos los confines del reino, así como alguno desde más allá de sus límites. Ninguno conseguía devolverla la vida: Sagaz lo intentó vertiendo en su boca un preparado de láudano, Giboso con un ritual y un ungüento de mandrágora, Bregado con su panacea mágica, así un largo etcétera. Finalmente, decidieron dar noticia de este hecho al rey para ver si conocía el misterio del collar o si podía encontrar alguna otra solución.

El rey llegó alarmado y enojado con todos. Vio a su amada, más lívida que nunca, yerta y con cárdenos labios; puso la cabeza de Blancanieves sobre su pecho y se hecho a llorar.

Los allí presentes le contaron lo de la magia del collar y el gran poder que contenía. Él, sin más dilación, arrancó de su cuello el collar, montó en su caballo y se fue al galope.

4 de octubre de 2008

Cause and effect ("Causa y efecto", Charles Bukowski)

the best often die by their own hand
just to get away,
and those left behind
can never quite understand
why anybody
would ever want to
get away
from
them

los mejores mueren a menudo por su propia mano
sólo por alejarse,
y aquellos que quedan atrás
nunca pueden entender cabalmente
porqué alguien
desearía
alejarse
de
ellos

El burro flautista


Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora,
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.
Una flauta en ellos
halló que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.
Acercase a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.
En la flauta el aire
se hubo de colar
y sonó la flauta
por casualidad.
¡Oh!, dijo el borrico,
¡Que bien sé tocar!
¿Y dirán que es mala
la música asnal?
Sin reglas del arte
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.

Capitulo V: Vida hogareña

Aquella noche “Los Enanos” trataron a Blancanieves como a una reina; posiblemente deslumbrados por su belleza obviaron pedir algo a cambio de su hospitalidad. La cedieron una cama y la prepararon una estupenda cena.

Al día siguiente olvidaron su inusitada honradez y la preguntaron por el comentario que hizo de que tenía algo que les podría interesar, advirtiéndola que si no les complacía tendría que abandonar la casa. Ella les mostró un collar de zafiros y dijo:

- Esto es una importante alhaja de mi madre, tiene un poder inmenso y mi propio padre me dio su potestad al colocármelo en el cuello el día de mi dieciséis cumpleaños, o sea ayer. Si me ayudáis a esperar escondida mi momento para usarlo os otorgaré un gran cargo como terratenientes de parte de mi futuro reino.
- Y no correremos peligro –dijo Feliz.
- No, ya os he dicho que esto tiene un gran poder, nada os pasará.
- ¿Y por qué hemos de creer que de verdad tiene ese poder que tú dices?, puede que sólo sean supercherías tuyas –refutó Alérgico, ya mejor de sus afecciones.
- ¡No, ella tiene razón! Yo siempre he escuchado esas leyendas –advirtió Sabio-. En tiempos de los reyes Sutil y Aretusa, abuelos de ella, la reina-diosa siempre lo llevaba en el cuello y sus poderes mágicos eran inconmensurables.
- Tu abuela era…, era… poesía –declamó Romántico, prendado de la belleza etérea de las ninfas.
- Bueno, entonces, ¿aceptamos el trato, chicos? –propuso Sabio.
- Trato hecho –dijeron al unísono.
- ¡Ah!, pero nosotros tenemos que trabajar en la mina y no podemos ocuparnos de las cosas de la casa, deberías hacerlo tú –comentó Gruñón.
- Bueno haré lo que pueda –dijo Blancanieves rezongando.
- A lo mejor también tienes que cuidar de Dormilón, que no puede trabajar debido a su embriaguez: con él corremos más peligro que otra cosa.
- No, de eso nada.
- Opye, monapda, yio sebrr…zzzzz
- Lo ves, no cuesta mucho cuidarle, se pasa la vida durmiéndola.

Los días pasaron tranquilos, cada uno ocupado en sus pensamientos y labores. “Los Enanos”, dedicados a esquilmar su yacimiento, no paraban de hacinar plata y más plata en bruto en un almacén contiguo a la casa. Sólo destinaban una mínima parte a sus necesidades y lujos, el resto lo guardaban avaramente, pudriendo sus almas y destruyendo el hábitat natural de esos antiguos parajes de la madre tierra.

Blancanieves, dispuesta a no defraudar la confianza de los pequeños moradores, había encontrado el almacén de la plata y escamoteaba un pellizco para pagar a un pequeño trasgo que habitaba cerca para que limpiara en su lugar aquella plateresca casa. Mientras, ella no dejaba de pensar en la manera de controlar aquel collar y poder usar su poder para destronar a su madre. Se irritaba: tanto cavilar y era imposible descubrir el misterio.

Una mañana Dormilón se levantó caliente y despotricó contra ella; así como acostumbraba, le gustaba decir la verdad, aunque las formas no eran las más apropiadas.

- Yop creo que tos vamos a cabar mu ma, somos impuros y túp es lams sórdida dep tos. ¡Ten cuidao, bruja!- Ella le ignoró.

3 de octubre de 2008

"Barras y estrellas", Peter Kuper


Capítulo IV: Dieciseisavo cumpleaños

Al día siguiente llegó el cumpleaños de la princesa Blancanieves. Todos en palacio estaban preparando una gran fiesta; el rey había contratado a una compañía circense que haría las delicias de todos, tan faltos de espectáculos. Las doncellas iban y venían con todo tipo de paramentos para la princesa, los músicos afinaban sus instrumentos, las sirvientas preparaban el ágape con todo su esmero, los cazadores traían suculentas piezas capturadas esa misma tarde, los cocineros calentaban ollas y sartenes,… todo era movimiento y fragor. Sólo había una persona a la que no le hacía gracia esa celebración: la reina Damne, que estaba totalmente desecha, tirada en un sitial de su alcoba. Se levantó y se aproximó a su espejo mágico, del cual no se sabía ni su nombre, ya que nadie había insistido tanto en saberlo como en saber otras cosas, y le preguntó:

- Espejito, espejito, ¿que pasará si no me deshago de ella, dará al traste con mi voluntad de ser amada?

El espejo ni se inmutó y ella no podía con la rabia que le producía su desidia.

- Habla o te juro que mañana no seguirás malgastando tu poder. Te condenaré para siempre al ostracismo en el mundo de las reflexiones y refracciones.
- Vale, vale. Sólo te diré que hagas lo que hagas estás perdida.
- No sabes lo que dices, pagarás tus insolencias.

Al mismo tiempo, la batahola de gente dispuesta a hacer de aquel día un día especial estaba recogiendo las mesas del jardín ya que estaba comenzando a llover con una gran fuerza. Todos los invitados entraban a tropel en el salón principal, donde improvisadamente se habían instalado todos los enseres. En este contexto el rey era llamado a presencia de su consorte. En la biblioteca ella le estaba esperando para comunicarle que Blancanieves tendría que abandonar el palacio si no quería que muriera en sus propias manos. Él no supo que decir, estaba claro que la reina tenía más carácter que él.

La reina llamó a uno de sus más leales vasallos, desertor de los Hoscos y criado en palacio, su nombre era Algo y quería a Blancanieves como a una hija. Se le encomendó la misión de escoltar a la princesa hasta los límites del territorio perteneciente al palacio, darla una manta y un “hasta nunca”. Él, fiel a su destino, lo hizo con una gran pena. Blancanieves no cambio ni por un momento su rictus altanero.

Estaba lloviendo y las condiciones del suelo eran propias de una ciénaga, pero ella ando y ando hasta encontrar una “señal” de humo que la hizo pensar que estaría cerca de una calurosa casa. Al llegar llamó a la puerta golpeando tres veces la aldaba con las pocas fuerzas que la quedaban. Dentro se oyó:

- ¿Quién va? –pronunció Gruñón, quien estaba haciendo guardia esa noche.
- Soy la princesa Blancanieves, he sido despojada de mi vida y busco un nuevo comienzo.
- ¿Y por qué deberíamos abrirte?
- Por que tengo algo que quizás deseéis tanto como yo.
- Bueno pasa, pero no te prometemos nada.