14 de agosto de 2008

Efemérides de Agosto


- El 3 de agosto de 1492 zarpa del puerto de Palos la flota capitaneada por Cristóbal Colón, viaje que culminó en el descubrimiento de América. - El 5 de agosto de 1962 muere la actriz Marilyn Monroe.
- El 10 de agosto de 1792 fuerzas populares toman el Palacio de las Tullerías de París durante la Revolución Francesa.
- El 12 de agosto de 1888 Pablo Iglesias funda en Barcelona la Unión General de Trabajadores (UGT).
- El 23 de agosto de 1939 Alemania y la Unión Sovietica firman un pacto de no agresión ante la inminente Segunda Guerra Mundial.
- El 26 de agosto de 1890 tiene lugar la primera ejecución en la silla eléctrica en EEUU, en la prisión neoyorquina de Auburu.

Juan Martín "El Empecinado", por Goya

Burgos:

6 de agosto de 972: Mueren cruelmente degollados 200 monjes de San Pedro de Cardeña a manos de moros invasores, y es destruído el monasterio, que permaneció desierto durante años.

6 de agosto de 1221: Muere en Bolonia el burgalés, fundador de los dominicos, Santo Domingo de Guzmán.

16 de agosto de 1642: Nuestra catedral sufre el mayor desperfecto causado por la furia de los elementos de su historia. Un huracán desencadenado a media tarde arrancó de cuajo las 8 agujas que remataban el crucero, cuyas piedras destrozaron los tejados y perforaron la bóveda.

20 de agosto de 1825: Muere el guerrillero Juan Martín Díez “El Empecinado”. Fue ahorcado en Roa de Duero por mandato del corregidor, aunque Galdós cuenta en sus Episodios Nacionales que murió a bayonetazos, cuando, camino del patíbulo, consiguió arrancarla espada al oficial.

21 de agosto de 1479: Se funda el hospital de San Juan, construído sobre un primitivo hospital que Alfonso VI mandó construir para atender a los peregrinos que se dirigían a Santiago. El nuevo hospital mantuvo la asistencia a enfermos pobres y peregrinos.


Silvia Castrillo

"Armas de destrucción masiva", Chaz Maviyane-Davies


4 de agosto de 2008

El retrato ovalado ("Narraciones extraordinarias", Edgar Allan Poe)

El castillo cuya entrada se había aventurado a forzar mi criado antes que permitirme pasar una noche al raso, estando yo gravemente herido, era una de esas moles, mezcla de lobreguez y grandeza, que durante tanto tiempo han mostrado su ceñudo aspecto entre los Apeninos, no menos en realidad que en la imaginación de la señora Radcliffe. Según todas las apariencias, había sido abandonado temporalmente y en fecha muy reciente. Nos instalamos en una de las estancias más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una apartada torrecilla del edificio. Sus ornamentos eran abundantes, pero estropeados y arcaicos. Las paredes estaban cubiertas de tapices y adornadas con varios y multiformes trofeos heráldicos, así como por un gran número de pinturas modernas llenas de vida, colocadas en marcos de ricos arabescos dorados. En aquellas pinturas, que colgaban de las paredes no sólo en sus superficies principales, sino también en muchísimos rincones que la bizarra arquitectura del castillo hacía necesarios, en aquellas pinturas, digo, y quizá a causa de mi incipiente delirio, se concentró mi interés; así que pedí a Pedro que cerrase los pesados postigos de la habitación, pues era ya de noche, encendiese las lengüetas de un alto candelabro que se hallaba junto a la cabecera de mi cama y que descorriese de par en par los orlados cortinones de terciopelo negro que rodeaban también mi cama. Deseaba que se hiciese todo eso para poder entregarme, si no al sueño, si al menos, alternativamente, a la contemplación de aquellas pinturas y a la lectura de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada y que contenía la crítica y descripción de ellas.

Durante largo rato, muy largo, estuve leyendo y devota, muy devotamente, contemplé los cuadros. Rápida y gloriosamente pasaron las horas y llegó la profunda media noche. La posición del candelabro me disgustaba y, alargando la mano con dificultad para no molestar a mi adormecido criado, lo situé de modo que arrojase su luz más plenamente sobre el libro.

Pero esta acción produjo un efecto por completo inesperado. Los rayos de las numerosas candelas (pues había muchas) se proyectaron entonces sobre un nicho de la habitación que hasta entonces había quedado sumido en profunda sombra por efecto de una de las columnas de la cama. Así pude ver, a la intensa luz, un cuadro que me había pasado inadvertido. Era el retrato de una jovencita que empezaba a ser mujer. Miré rápidamente aquél cuadro y luego cerré los ojos. ¿Por qué hice esto? No pude explicármelo al principio. Pero mis párpados continuaban cerrados, busqué en mi mente la razón que tenía para mantenerlos así. Había sido un movimiento impulsivo para ganar tiempo para poder pensar, para asegurarme de que mis ojos no me habían engañado, para clamar y dominar mi imaginación con objeto de mirar con más serenidad y juicio. Al cabo de unos momentos volví a contemplar fijamente el cuadro.

Lo que entonces vi debidamente no pude ni quise ponerlo en duda, pues el primer resplandor de las candelas sobre el lienzo había parecido disipar el soñoliento estupor que había invadido insensiblemente mis sentidos y devolverme al instante a la vida.

El retrato, ya lo he dicho, era el de una jovencita. Se reducía a la cabeza y los hombros y estaba hecho en lo que se llama técnicamente estilo viñeta, muy semejante al de las cabezas predilectas de Sully. Los brazos, el seno e incluso el contorno de los radiantes cabellos se fundían imperceptiblemente en la vaga pero profunda sombra que formaba el fondo del conjunto. El marco era ovalado, ricamente dorado y afiligranado al estilo árabe. Como objeto de arte, nada podía ser más admirable que la pintura misma. Pero no podían haber sido ni la ejecución de la obra ni la belleza inmortal del semblante lo que tan repentina y tan vehementemente me había conmovido. Y menos aun podía haber sido que mi imaginación, arrancada de su semiletargo, hubiese confundido aquella cabeza con la de un ser vivo. Vi en el acto que las peculiaridades del dibujo, de la viñeta y del marco tenían que haber rechazado instantáneamente semejante idea, tenían que haber impedido incluso una momentánea distracción. Pensado seriamente en estos puntos permanecí, quizá durante una hora, medio sentado, medio reclinado, con la mirada clavada en el retrato. Al fin, solucionado el verdadero secreto de su efecto me tendí sobre la cama. Había descubierto que el hechizo del cuadro residía en una absoluta naturalidad de expresión que al principio me sobresaltó y finalmente me confundió, subyugó y me espantó. Con profundo y reverente temor restituí el candelabro a su posición primitiva. Habiendo quedado así fuera de mi vista la causa de mi intensa emoción, eché mano afanosamente al libro que trataba de las pinturas y de sus historias respectivas. Hojeándolo hasta encontrar el número que designaba al retrato ovalado, leí las vagas y singulares palabras que siguen:

“Era una joven de rarísima belleza y no menos adorable que llena de alegría. Pero malhadada fue la hora en que vio, amó y se unió al pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, se había desposado ya con su arte; ella, joven de rarísima belleza, y no menos adorable que llena de alegría, todo luz y sonrisas, juguetona como un cervatillo, amante y queriendo todas las cosas, odiando sólo al Arte, que era su rival; sólo temía a la paleta, los pinceles y otros adversos instrumentos que la privaban del rostro de su amado. Fue, pues, algo terrible para esta dama oír al pintor expresar su deseo de retratar también a su joven esposa. Pero ella era humilde y obediente y posó dócilmente sentada durante muchas semanas en la oscura y alta cámara de la torrecilla, donde la luz se escurría sobre el pálido lienzo sólo desde arriba. Pero él, el pintor, ponía el alma en su trabajo, que progresaba de hora en hora y de día en día. Él era un hombre apasionado, vehemente y caprichoso que se perdía en ensueños, de modo tal que no quiso ver que la luz que caía tan fantasmalmente en aquella solitaria torrecilla consumía el alma y el ánimo de su esposa, a quien todos veían languidecer menos él. Y no obstante ella no dejaba de sonreír, sin quejarse jamás, porque veía que el pintor (que disfrutaba de gran renombre) experimentaba un férvido y ardiente placer en su tarea y se afanaba día y noche por plasmar a la que tanto amaba, pero que a diario iba quedando más abatida y débil. Y en verdad, algunos que contemplaban el retrato hablaban de su parecido con palabras quedas, como de un prodigio y como de una maravillosa prueba, tanto de la habilidad del pintor, como de su profundo amor por la que retrataba de modo tan excelso. Pero hacia el final, cuando la obra acercábase a su conclusión no se permitió a nadie entrar en la torrecilla, pues el pintor había perdido el freno con el ardor de su trabajo y rara vez apartaba la vista del lienzo, ni siquiera para mirar el semblante de su mujer. Y él no quiso ver cómo los colores que esparcía sobre el lienzo los arrancaba de las mejillas de la que se sentaba frente a él. Y cuando hubieron transcurrido muchas semanas y quedaba muy poco por hacer, salvo una pincelada en los labios y un retoque en los ojos, el espíritu de la dama volvió a vacilar como la llama en el cuenco de la lámpara.

Y entonces se dio la última pincelada y se hizo el último retoque. Y durante un instante el pintor se extasió ante la obra que había realizado; pero al siguiente, cuando aún contemplaba su cuadro, quedóse trémulo, palideció y gritó horrorizado: ´¡Verdaderamente es la vida misma!`.

Volviese de repente hacia su amada: ¡Estaba muerta!”

1 de agosto de 2008

Arquímedes ("Momentos estelares de la ciencia", Isaac Asimov)

Cabría decir que hubo una vez un hombre que luchó contra todo un ejército. Los historiadores antiguos nos dicen que el hombre era un anciano, pues pasaba ya de los setenta. El ejército era el de la potencia más fuerte del mundo: la mismísima Roma.

Lo cierto es que el anciano, griego para más señas, combatió durante casi tres años contra el ejército romano…y a punto estuvo de vencer: era Arquímedes de Siracusa, el científico más grande del mundo antiguo.

El ejército romano conocía de sobra la reputación de Arquímedes, y éste no defraudó las previsiones. Cuenta la leyenda que, habiendo montado espejos curvos en las murallas de Siracusa (una ciudad griega en Sicilia), hizo presa el fuego en las naves romanas que la asediaban. No era brujería: era Arquímedes. Y cuentan también que en un momento dado se proyectaron hacia delante gigantescas garras suspendidas de una viga, haciendo presa en las naves, levantándolas en vilo y volcándolas. No era magia, sino Arquímedes.

Se dice que cuando los romanos –que, como decimos, asediaban la ciudad– vieron izar sogas y maderos por encima de las murallas de Siracusa, levaron anclas y salieron de allí a toda vela.

Y es que Arquímedes era diferente de los científicos y matemáticos griegos que le habían precedido, sin que por eso les neguemos a éstos un ápice se su grandeza. Arquímedes les ganaba a todos ellos en imaginación.

Por poner un ejemplo: para calcular el área encerrada por ciertas curvas modificó los métodos de cómputo al uso y obtuvo un sistema parecido al cálculo integral. Y eso casi dos mil años antes de que Isaac Newton inventara el moderno cálculo diferencial. Si Arquímedes hubiese conocido los números arábigos, en lugar de tener que trabajar con los griegos, que eran mucho más incómodos, quizá habría ganada a Newton por dos mil años.

Arquímedes aventajó también a sus precursores en audacia. Negó que las arenas del mar fuesen demasiado numerosas para contarlas e inventó un método para hacerlo; y no sólo las arenas, sino también los granos que harían falta para cubrir la tierra y para llenar el universo. Con ese fin inventó un nuevo modo de expresar cifras grandes; el método se parece en algunos aspectos al actual.

Lo más importante es que Arquímedes hizo algo que nadie hasta entonces había hecho: aplicar la ciencia a los problemas de la vida práctica, de la vida cotidiana. Todos los matemáticos griegos anteriores a Arquímedes –Tales, Pitágoras, Eudoxo, Euclides– concibieron las matemáticas como una entidad abstracta, una manera de estudiar el orden majestuoso del universo, pero nada más; carecía de aplicaciones prácticas. Eran intelectuales exquisitos que despreciaban las aplicaciones prácticas y pensaban que esas cosas eran propias de mercaderes y esclavos. Arquímedes compartía en no pequeña medida esta actitud, pero no rehusó aplicar sus conocimientos matemáticos a problemas prácticos.

Nació en Siracusa, Sicilia. La fecha exacta de su nacimiento es dudosa, aunque se cree que fue en el año 287 a.C. Sicilia era a la sazón territorio griego. Su padre era astrónomo y pariente de Hierón II, rey de Siracusa desde el año 270 al 216 a.C. Arquímedes estudió en Alejandría, Egipto, centro intelectual del mundo mediterráneo, regresando luego a Siracusa, donde se hizo inmortal.

En Alejandría le habían enseñado que el científico está por encima de los asuntos prácticos y de los problemas cotidianos; pero eran precisamente esos problemas los que le fascinaban, los que no podía apartar de su mente. Avergonzado de esta afición, se negó a llevar un registro de sus artilugios mecánicos; pero siguió construyéndolos y a ellos se debe hoy día su fama.

Arquímedes había adquirido renombre mucho antes de que las naves romanas entraran en el puerto de Siracusa y el ejército romano pusiera sitio a la ciudad. Uno de sus primeros hallazgos fue el de lea teoría abstracta que explica la mecánica básica de la palanca. Imaginemos una viga apoyada sobre un pivote, de manera que la longitud de la viga a un lado del fulcro sea diez veces mayor que el otro lado. Al empujar hacia abajo la viga por el brazo más largo, el extremo corto se desplaza una distancia diez veces inferior; pero, a cambio, la fuerza que empuja hacia abajo el lado largo se multiplica por diez en el extremo del brazo corto. Podría decirse que en cierto sentido, la distancia se convierte en fuerza y viceversa.

Arquímedes no veía límite a este intercambio que aparecía en su teoría, porque si bien era cierto que un individuo disponía sólo de un acopio restringido de fuerza, la distancia carecía de fronteras. Bastaba con fabricar una palanca suficientemente larga y tirar hacia abajo del brazo mayor a lo largo de un trecho suficiente: en el otro brazo, el más corto, podría levantarse cualquier peso.

- Dadme un punto de apoyo –dijo Arquímedes– y moveré el mundo.

El rey Hierón, creyendo que aquello era un farol, le pidió que moviera algún objeto pesado: quizá no el mundo, pero algo de bastante volumen. Arquímedes eligió una nave que había en el dique y pidió que la cargaran de pasajeros y mercancías; ni siquiera vacía podrían haberla botado gran número de hombres tirando de un sinfín de sogas.

Arquímedes anudó los cabos y dispuso un sistema de poleas (una especie de palanca, pero utilizando sogas en lugar de vigas). Tiró de la soga y con una sola mano botó lentamente la nave.

Hierón estaba ahora más que dispuesto a creer que su gran pariente podía mover la tierra si quería, y tenía suficiente confianza en él para plantearle problemas aparentemente imposibles.

Cierto orfebre le había fabricado una corona de oro. El rey no estaba muy seguro de que el artesano hubiese obrado rectamente; podría haberse guardado parte del oro que le habían entregado y haberlo sustituido por plata o cobre. Así que Hierón encargó a Arquímedes averiguar si la corona era de oro puro, sin estropearla, se entiende.

Arquímedes no sabía qué hacer. El cobre y la plata eran más ligeros que el oro. Si el orfebre hubiese añadido cualquiera de estos metales a la corona, ocuparían un espacio mayor que el de un peso equivalente de oro. Conociendo el espacio ocupado por la corona (es decir, su volumen) podría contestar a Hierón. Lo que no sabía era cómo averiguar el volumen de la corona sin transformarla en una masa compacta.

Arquímedes siguió dando vueltas al problema en los baños públicos, suspirando probablemente con resignación mientras se sumergía en una tinaja llena y observaba cómo rebosaba el agua. De pronto se puso en pie como impulsado por un resorte: se había dado cuenta de que su cuerpo desplazaba agua fuera de la bañera. El volumen de agua desplazado tenía que ser igual al volumen de su cuerpo. Para averiguar el volumen de cualquier cosa bastaba con medir el volumen de agua que desplazaba. ¡En un golpe de intuición había descubierto el principio del desplazamiento! A partir de él dedujo las leyes de la flotación y de la gravedad específica.

Arquímedes no pudo esperar: saltó de la bañera y, desnudo y empapado, salió a la calle y corrió a casa, gritando una y otra vez: “¡Lo encontré, lo encontré!”. Sólo que en griego, claro está: “¡Eureka! ¡Eureka!”. Y esta palabra se utiliza todavía hoy para anunciar un descubrimiento feliz.

Llenó de agua un recipiente, metió la corona y midió el volumen de agua desplazada. Luego hizo lo propio con un peso igual de oro puro; el volumen desplazado era menor. El oro de la corona había sido mezclado con un metal más ligero, lo cual de daba un volumen mayor y hacía que la cantidad de agua que rebosaba fuese más grande. El rey ordenó ejecutar al orfebre.

Arquímedes jamás pudo ignorar el desafío de un problema, ni siquiera a edad ya avanzada. En el año 218 a.C. Cartago (en el norte de África) y Roma se declararon la guerra; Aníbal, general cartaginés, invadió Italia y parecía estar a punto de destruir Roma. Mientras vivió el rey Hierón, Siracusa se mantuvo neutral, pese a ocupar una posición peligrosa entre dos gigantes en combate.

Tras la muerte d Hierón ascendió al poder un grupo que se inclinó por Cartago. En el año 213 a.C. Roma puso sitio a la ciudad.

El anciano Arquímedes mantuvo a raya al ejército romano durante tres años. Pero un solo hombre no podía hacer más y la ciudad cayó al fin en el año 211 a.C. Ni siquiera la derrota fue capaz de detener el cerebro incansable de Arquímedes. Cuando los soldados entraron en la ciudad estaba resolviendo un problema con ayuda de un diagrama. Uno de aquéllos del ordenó que se rindiera, a lo cual Arquímedes no prestó atención; el problema era para él más importante que una minucia como el saqueo de una ciudad. “No me estropeéis mis círculos”, se limitó a decir. El soldado le mató.

Los descubrimientos de Arquímedes han pasado a formar parte de la herencia de la humanidad. Demostró que era posible aplicar una mente científica a los problemas de la vida cotidiana y que una teoría abstracta de la ciencia pura –el principio que explica la palanca– puede ahorrar esfuerzo a los músculos del hombre.

Y también demostró lo contrario: porque arrancando de un problema práctico –el de la posible adulteración del oro– descubrió un principio científico.

Hoy día creemos que el gran deber de la ciencia es comprender el universo, pero también mejorar las condiciones de vida de la humanidad en cualquier rincón de la tierra.

22 de julio de 2008

"Palestina",Pedram Harby ("Contemplemos nuestro mundo. Al final todos somos iguales..." )


Preámbulo ("Cuentos de Eva Luna", Isabel Allende)

Te quitabas la faja de la cintura, te arrancabas las sandalias, tirabas a un rincón tu amplia falda, de algodón, me parece, y te soltabas el nudo que te retenía el pelo en una cola. Tenías la piel erizada y te reías. Estábamos tan próximos que no podíamos vernos, ambos absortos en ese rito urgente, envueltos en el calor y el olor que hacíamos juntos. Me abría paso por tus caminos, mis manos en tu cintura encabritada y las tuyas impacientes. Te deslizabas, me recorrías, me trepabas, me envolvías con tus piernas invencibles, me decías mil veces ven con los labios sobre los míos. En el instante final teníamos un atisbo de completa soledad, cada uno perdido en su quemante abismo, pero pronto resucitábamos desde el otro lado del fuego para descubrirnos abrazados en el desorden de los almohadones, bajo el mosquitero blanco. Yo te apartaba el cabello para mirarte a los ojos. A veces te sentabas a mi lado, con las piernas recogidas y tu chal de seda sobre un hombro, en el silencio de la noche que apenas comenzaba. Así te recuerdo, en calma.

Tú piensas en palabras, para ti el lenguaje es un hilo inagotable que tejes como si la vida se hiciera al contarla. Yo pienso en imágenes congeladas en una fotografía. Sin embargo, ésta no está impresa en una placa, parece dibujada a plumilla, es un recuerdo minucioso y perfecto, de volúmenes suaves y colores cálidos, renacentista, como una intención captada sobre un papel granulado o una tela. Es un momento profético, es toda nuestra existencia, todo lo vivido y lo por vivir, todas las épocas simultáneas, sin principio ni fin. Desde cierta distancia yo miro ese dibujo, donde también estoy yo. Soy espectador y protagonista. Estoy en la penumbra, velado por la bruma de un cortinaje traslúcido. Sé que soy yo, pero yo soy también este que observa desde afuera. Conozco lo que siente el hombre pintado sobre esa cama revuelta, en una habitación de vigas oscuras y techos de catedral, donde la escena aparece como el fragmento de una ceremonia antigua. Estoy allí contigo y también aquí, solo, en otro tiempo de la conciencia. En el cuadro le pareja descansa después de hacer el amor, la piel de ambos brilla húmeda. El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y la otra sobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mí esa visión es recurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisa plácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismos pliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre la luz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismo ángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen con igual delicadeza.

Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo, detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro de la mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena, hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el que observa, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces se rompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras voces muy cercanas.
- Cuéntame un cuento –te digo.
- ¿Cómo lo quieres?
- Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.


Rolf Carlé (personaje de la novela Eva Luna)

Una mujer desnuda y en lo oscuro

Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.

Mario Benedetti

19 de julio de 2008

El agua (tercera parte)


Presas (energía hidroeléctrica)

Las presas provocan cambios en el caudal del río y en las fluctuaciones estacionales. En primavera el agua del deshilo es retenida para satisfacer nuestra necesidad de calefacción en invierno, provocando en el río una escasez de agua que supone un fuerte impacto ecológico. Además el limo no es transportado, se estanca en la presa y no es sedimentado en los deltas, llegando a provocar su propio colapso, debido al exceso de sedimentos de su fondo.

Estas infraestructuras destruyen los espacios de tierra fértil al coparlos con sus aguas; no compensa causar un impacto tal, ni con la energía generada. Las personas (pueblos enteros) quedan desplazadas, provocando un desarraigo injusto y execrable.


Asimismo existen otras consecuencias más recónditas, como la putrefacción de los árboles que quedan en el fondo de las presas por su excesivo coste de tala y su considerable expulsión de metano a la atmósfera.

Existen muchas empresas, sobre todo extranjeras, que se lucran con estas lides. Otras, además de lucrarse, se aprovechan: construyen presas en países menos desarrollados como si fueran una fuente de riqueza, pero luego no beneficia al pueblo, sino a las industrias ávidas de energía (minería, siderurgia,…); además resultan poco reentables.

Cuando el sector energético estudia nuevos proyectos para hacer frente a la demanda no se tienen en cuenta posibles estrategias de ahorro de energía que pudieran afectar tanto a productores como usuarios, sino que tira para adelante, destruyendo todo lo que se interpone en su camino. Ahorrar es el mejor medio para satisfacer la demanda de energía sin tener que aumentar su producción: es más barato y lícito ahorrar que construir una central hidroeléctrica. La energía hidroeléctrica no es una energía limpia e inocua, como se ha hecho pensar.
La clave del ahorro de energía es utilizar la energía adecuada para el fin adecuado. Consumimos la mayor parte de la energía indirectamente en aquello que compramos. Debemos basar nuestro consumo, y por tanto nuestro consumo de energía, en recursos renovables. En el cubo de basura podemos encontrar numerosos envases que suponen un despilfarro de energía.

Puede resultar negativo aumentar la demanda de energía, aunque sea por vías renovables, ya que la acción humana que precisa energía y la destrucción se corresponden: mayor energía, mayor destrucción. No debemos creer que estamos por encima de la naturaleza, que nos pertenece y podemos destruirla para mantener nuestro banal y prosaico estilo de vida.


Demanda de la industria

Aproximadamente el 23% del agua consumida en el mundo es utilizada por la industria, cuya cuota de consumo nacional se suele considerar un índice de industrialización. La mejor solución para disminuir este consumo, literal, ya que deja el agua prácticamente inservible, sería reciclar el agua, reutilizarlo varias veces, tantas como sea posible. No es normal que las industrias que ya no pueden ni utilizar el agua del río por lo contaminada que está extraigan agua del subsuelo, mientras que el agua para beber provenga de depuradoras. Por ejemplo, la industria del papel con reciclado de agua consumiría una media de 1,1 litros por kg. y sin reciclado 250 litros por kg. O la industria minera que emplea y contamina cantidades ingentes de agua.

Esto es especialmente preocupante en países menos desarrollados, ya que muchas empresas del hemisferio septentrional se trasladan allí e imponen las mismas condiciones nefastas de los medios de producción, o incluso peores por falta de restricciones, sin tener en cuenta que en muchos de estos países los ríos son fuente de agua potable y los medios para depurar el agua quedan fuera de sus posibilidades económicas y tecnológicas.

Las políticas medioambientales que se limitan al tratamiento de las aguas residuales no van a resolver nunca estos problemas, ya que hay sustancias de las que nada se sabe y son imposibles de tratar. Por tanto, las aguas residuales no deberían salir del emplazamiento de la fábrica, formando un circuito cerrado en el que el agua se trata, se reutiliza y se vuelve a tratar; todo lo que acabe en el agua corriente debe ser degradable. Este sistema ya funciona en muchas empresas (papeleras, siderurgias, textiles).

Los residuos industriales sólidos acaban en enterramientos que contaminan el agua subterránea o en vertederos terrestres en que los incineran junto con otros residuos, hacinando el polvo y la ceniza en más vertederos, los cuales se están convirtiendo en un problema por su rápido crecimiento y necesidad de expansión. Para evitar la profusión de vertederos es necesario aplicar un sistema de gestión de basuras basado en las tres erres: reducción, reutilización y reciclaje.


El agua en España

Los problemas que presenta nuestra gestión del agua son similares a los del resto del mundo: aumento del consumo, diferente disponibilidad según las cuencas, creciente contaminación, salinización de las aguas subterráneas, etcétera. Todo ello provoca conflictos entre regiones, sectores económicos y sectores sociales.

La planificación hidrológica ha ignorado el factor ambiental de los tres principios básicos de la Ley de Aguas: el agua es un bien de dominio público de titularidad estatal, es imprescindible la planificación hidrológica para satisfacer las demandas de agua y la disponibilidad de agua debe lograrse sin degradar el medio ambiente.

El cambio climático esta afectando gravemente a la península, sobre todo a la región mediterránea, donde se dan períodos largos de sequía y lluvias intensas en poco tiempo. En muchos lugares el consumo de agua es superior al agua disponible, pero a pesar de ello la construcción indiscriminada de campos de golf y piscinas unifamiliares continúa. En España el consumo de agua es altísimo, a pesar de contar con un clima semiárido. La planificación debe estar en consonancia con las nuevas demandas sociales de respeto al medio natural y las mejoras tecnológicas que permiten reducir la demanda, evitando así las obras de gran impacto, como los embalses. Los bosques y riberas (sotos) son necesarios para la regulación del agua (además evitan las inundaciones, la erosión, las crecidas): el mejor embalse es el bosque, por ello es básico preservarlos.

El 80% del consumo de agua va a parar a la agricultura, por lo que la política de aguas debe tener en cuenta la política agraria. Ésta debe solventar sus deficiencias, como los sistemas de riego que son poco eficaces: el riego a manta (horas de alta evaporación) o el riego de árboles para la obtención de madera, o la utilización de fertilizantes y plaguicidas perniciosos. La contaminación de aguas subterráneas va a ser la herencia más problemática para las generaciones futuras, ya que es especialmente grave por la escasa capacidad de autodepuración de las mismas.

La gestión sostenible del agua radica en la agricultura, por lo que cabe preguntarse si, hasta desde un sentido económico, merece la pena un gasto del 80% de agua para 1,4% de PIB.

La precipitación media anual es de 650mm (l/m²), pero en la cuenca del Segura, por ejemplo, es de 380mm aproximadamente, esto supone un desequilibrio hídrico entre la España seca y la España húmeda. Existe una gran variabilidad de climas en nuestro país y, por tanto, las necesidades de agua son muy variadas. El déficit de agua en muchas provincias supone la puesta en práctica de medidas extremas, como la construcción de embalses o trasvases, medidas que provocan conflictos, ineficacia e impacto ambiental. El agua excedentaria para traspasar de una cuenca a otra no existe si se tiene en cuenta las necesidades ecológicas del río, por tanto no es plausible la construcción de trasvases. La agricultura debe ser compatible con el medio ambiente (agricultura ecológica), por ello es necesario aplicar cada tipo de cultivo al clima y a las condiciones edáficas que le corresponden.

Es necesario proteger los ríos, no basta con la superchería de mantener el caudal ecológico (cantidad de agua capaz de sostener la vida natural del río). En España no existe la figura del río protegido (parque nacional a lo largo del curso de un río) y más del 33% de las aguas fluviales están contaminadas. Hace menos de 30 años y hasta hace relativamente poco las playas de los ríos españoles servían de zonas de recreo y baño incluso en las grandes ciudades, pero ahora…
La industria, la gran contaminadora, debería aplicar medidas preventivas, en vez de soluciones ineficaces como depuradoras, filtros o incineradoras, que lo único que hacen es trasladar el contaminante de un medio a otro.
También es necesario separar las aguas residuales de las urbanas; así como evitar su gasto innecesario. Se debe cambiar el chip y planificar la demanda de agua, no la oferta.

Cualquier manipulación en gran escala de ríos, lagos y aguas subeterráneas pondrá en peligro el equilibrio de un sistema que es la base misma de la supervivencia humana.

El topo y otros animales

Ciertos animalitos
todos de cuatro pies
a la gallina ciega
jugaban una vez.

Un perrillo, una zorra
y un ratón, que son tres
una ardilla, una liebre
y un mono, que son seis.

Éste a todos vendaba
los ojos como que es
el que mejor se sabe
de las manos valer.

Oyó un topo la bulla
y dijo: "Pues pardiez
que voy allá, y en rueda
me he de meter también".

Pidió que le admitiesen;
y el mono muy cortés
se lo otorgó (sin duda
para hacer burla de él).

El topo a cada paso
daba veinte traspiés,
porque tiene los ojos
cubiertos de una piel;
y a la primera vuelta,
como era de creer,
facilísimamente
pillan a su merced.

De ser gallina ciega
le tocaba la vez,
y ¿quién mejor podía
hacer este papel?
pero él con disimulo
por el bien de parecer
dijo al mono: ¿Qué hacemos?
Vaya, ¿me venda usted?

Si el que es ciego y lo sabe,
aparenta que ve,
quien sabe que es idiota,
¿confesará que lo es?

2 de julio de 2008

La mariposa (Medardo Fraile)

Hacía un momento que habían entrado en el piso. Al llegar encendieron tres o cuatro cuartos y aún estaban con luz. Las ventanas aparecían entreabiertas y las persianas inmóviles. Fuera se veían luces de colores, lejos; llegaba un rumor impreciso de vehículos, de anuncios, de multitud frotándose, que ahondaba el silencio de la casa. Él se sentó. El tiempo, en ese instante, le pareció inmenso. Como si la respiración o los latidos del pecho no contaran. Se sumergió en la luz verde, sedante, de una lamparita y estiró las piernas. Ella estaba fuera del cuarto dejando unos paquetes, refrescándose, recogiéndose el pelo, metiendo unas flores en un jarrón. Notó él un bienestar hondo, suave. El domingo se iba. Había estado tomando el sol, había respirado el aire del campo y ahora dormiría profundamente. En otro tiempo, a esta hora de vuelta, deseaba otras cosas: ir a beber unas copas con matrimonios amigos, oír música fuerte que lo llenara todo, aturdirse charlando, bailando, mirando, riendo, hasta las dos o las tres de la mañana. Ahora la cama le devolvería ese aspecto ajustado, tranquilo, terso, que buscaba ante el espejo por las mañanas para estar a gusto consigo mismo. Ella entró en la habitación y dejó unos frascos vacíos en el armario, diciéndose en voz alta que tenía que hacer alguna cosa esta semana. “Recuérdamelo”. Y salió. Como si abrieran y cerraran una puerta lejos llegó y se fue una música ensoberbecida, estridente. Esta irrupción le removió un poco, le hizo respirar hondo, sentir una insatisfacción repentina y el cuarto en seguida le pareció recargado de cosas, estrecho, falto de aire y la luz verde, que antes le agradaba, le resultó egoísta, mezquina, e hizo de nuevo el propósito de instalar en toda la casa otra luz. Una luz que desnudara todo llamándolo por su nombre. Miró a su alrededor. Los muebles eran oscuros. De alguno de ellos saldría un buen ataúd. Y había retratos, colados subrepticiamente, que se habían aposentado allí con el tiempo, como lo hacen las pavesas o el polvo. Sin derecho de sangre para estar allí, sin saber quiénes eran realmente, de dónde venían, a qué emoción o momento debían el hospedaje. ¿Quiénes eran esos caballeros, seguramente ilustres? Y, sobre todo, a él qué le importaban. En un rinconcito, bajo un espejo, estaba Rodolfo Steiner con ojos de brasa y, poco más allá, Elena Blavatsky y Ana Bessant. La flor y nata de la Teosofía. Esto explicaba un poco todo lo demás. Pero allí nada podía explicarse del todo. Ella, ¿cómo era? Diariamente se lo preguntaba a sí mismo. Muy delgada, pálida, presta a devanarse, a debilitarse casi, en una serie, deshilvanada a veces, de pensamientos. Inquieta, sujeta, en ocasiones, a un terror momentáneo, que la sacudía y cruzaba. Con incuestionable fe en las señales etéreas o astrales, en presagios, corazonadas, “mensajes”. Creía prestar su voz y su lengua muchas veces a inaprehensibles seres del Más allá. Lo “conocía” luego. Pero hoy todo había transcurrido con normalidad. Desde por la mañana ella había sido una bendita persona normal, corriente. Ahora tomarían algo antes de acostarse y luego se echarían, con algún periódico, o hablarían, o estarían tranquilos, callados, esperando el sueño, unidos por una mano más que amorosa predestinada. Volvió a sentirse a gusto. Y deseó verla, que ella estuviera allí, decirle alguna frase de humor afectuosa, ir al lado suyo para moverse en la casa junto a ella, o, en fin, cambiarse la ropa, apagar las luces, andar por las habitaciones, hacer algo. Tenía la impresión, muchas veces, de ir demasiado lejos cuando pensaba en ella. De ser injusto o brutal o las dos cosas. Pero la cabeza siempre iba más lejos que las piernas, las manos o el corazón. En ella reside nuestra libertad. Era imposible evitarlo.

Se levantó. Giró para apagar y vio que algo revoloteaba en el aire. Apagó y se dirigió a la puerta. “Una mariposa de luz”, pensó. Se paró. Estuvo quieto, de pie, un instante. Volvióse de nuevo y encendió. ¿A qué venía ahora esa mariposa, de pronto? Vio cómo atravesaba, de un lado a otro, con incertidumbre angustiosa, el silencio confortable del cuarto. Se sentó. Ahora no era el momento de salir. Temía que ella entrara. Podría ver ese animalillo de alpaca que rubricaba sentencias en el aire de su habitación, que llegaba resuelto a trascender sus vidas, tranquilas hoy, normales, milagrosamente. Había llegado allí desde un aire pesado, oscuro, atraída por la luz cálida y suave. ¿Qué traía este animalillo torpe, ciego, que parecía dejarse matar porque lo vieran? ¿Qué alma le enviaba? ¿Y por qué ahora, en esta paz, en este grato silencio, en esta casi felicidad? No era posible que sirviese para otra cosa que no fuera avisar. Pero, ¿el qué? Chocó con la cabecera de la cama, ascendió rozando la pared pesadamente y se quedó revuelta, palpitante, en el techo. Si ahora entraba ella y la veía, los silencios, el tranquilo domingo, las palabras y el cuarto se llenarían de magia. La mariposa no volaría ya: se expresaría volando, posándose. Un ignoto, aromado mundo de fantasmas se manifestaría por sus alas de cirio con vehemencia macabra hasta rompérselas. Y había sido un día de peso, con fuerza de gravedad, con palabras de un solo significado, sencillas, sólidas; con el sol en lo alto, con el aire templado, alegre; con la comida sabrosa, buena. Un día solamente humano, a ras del mundo. Una maravilla. Un milagro. Se levantó. No permitiría hoy el morbo de aquella mariposa. Le iba en ello el recuerdo sano, redondo, de un día, la paz aún de unas horas. Arrojó con fuerza su pañuelo al techo varias veces. La mariposa cayó sobre la cama. La echó al suelo de un manotazo. La pisó. Luego, con el pie, la empujó debajo de la cama, no dejó ni rastro de su polvo dorado. Se sentó. Esperaba algo. No sabía qué. Le parecía haber abierto y leído una carta que no iba dirigida a él, haber aniquilado brutalmente lo que no entendía, haberse puesto en el camino de otro. Le pareció que los retratos de miraban más. ¿Había sólo matado una mariposa o había matado algo de su mujer, lo escatológico, lo ultraterreno, su mitad oscura? Se dirigió resuelto a la ventana. Alzó la persiana con ruido, rápido, hasta arriba; cambió de sitio unas cuantas revistas, encendió un aplique, justo al espejo. Quería cambiar “de postura” a la habitación, echar tierra encima. Entraba un airecillo confiado, cálido. Se quitó la americana y salió del cuarto. Ella ponía la mesa. Ensimismada, tranquila. Se acercó él despacio y le rozó el cuello con un beso por haberle hurtado, matado, la mariposa.