13 de octubre de 2010

Cine de ciencia ficción: ¿racionalidad?


André Bazin –teórico y crítico de cine– escribió: “el cine es el arte de la realidad”.


¿Qué esperaba que hiciese la gente cuando leyese esto? “Muy bien, es cierto, joder, nunca lo había pensado”, o “buff, vaya tontería, el cine posee cierta ontología en sí mismo, etc…” ¿Qué cojones es el arte, la realidad…?


Todo es una pequeña broma, un fotomontaje. John Heartfield hizo muy buenos fotomontajes en la época de entreguerras. Ya está. Un dato. Voy a recopilar información para criticar al personal. Y así se suceden los momentos: con gente, con oraciones gramaticalmente bien construidas –tildes, “m” antes de “p” (ejemplo, por ejemplo)–, placeres extáticos, tiroteos en Detroit, epidemias tropicales y demás. Se plantean supuestos para justificar o refutar acciones –si viviese en la selva como Mowgli…, puede ser un buen empiece–, se hacen fotos para recordar no sé el qué exactamente y se pasa la vida extendida como una alfombra sobre el tiempo. Hasta que arde por auto-combustión (= muerte).


He decidido suspender la ficción y adentrarme en la única realidad posible –y factible–. He abandonado el mundo de los “hola, ¿qué tal?”, “¡no! ¡Eres una chica muy guapa!”, “habrá alguna forma de hacerlo”, “dame media barra de pan”, “las estructuras demográficas de los países…”… Y esas cosas. El lenguaje es lo que es por dinero. Tiene que serlo. Citemos autores: Saussare, Quine, Russell, Frege, Chomsky… Qué más da. Nuestros ojos sólo miran por interés. Tengo la sensación de vivir en una maqueta de lego. Las calles, no sé si os habéis fijado, pero son como los estudios de la Warner Bros. Unas sirven para rodar una escena y las otras….


Forest Whitaker es un tipo grande y negro –lejos de cualquier connotación racista, si acaso misantrópica– que vive en el ático de una ciudad miserable del desgastado este de los Estados Unidos. Se rige según el código samurai, el bushido, y, quizá, se impregne de cierta dosis de sabiduría zen de vez en cuando. Es asesino a sueldo y trabaja haciendo encargos para la mafia local, con la que se comunica gracias a palomas mensajeras. Su vida es sencilla. Uno de sus mayores placeres es la lectura y también acostumbra a pasear por el parque. Su mejor amigo vende helados con una furgoneta y sólo habla francés, idioma del que el bueno de Forest Whitaker no entiende ni una palabra.


El planteamiento de esta película –“Ghost Dog, El camino del samurai” de Jim Jarmusch– quizá resulte un tanto absurdo, pero no imposible. Por ejemplo, es genial ver como un tipo puede meterse a través de un recoveco de su oficina en la cabeza de John Malkovich, bueno, en su pupila –“Como ser John Malkovich” de Spike Jonze– y luego veinte minutos después, caer en la cuneta de una carretera cualquiera. Sin embargo, lo que suscita Jim Jarmusch es otro tipo de, digamos, “irracionalidad”. Algo posible físicamente, algo que está a nuestro alcance, pero que choca de frente con ciertas estructuras invisibles –tiempo presente–. Algo que no alcanzo a comprender, pero no por ello ajeno a las personas que nacen, juegan, hablan, trabajan… ¿Suicidarme por honor en el siglo XXI? Irracional. Sigamos el camino de la razón humana.


“Es racional levantarse muy temprano para ir a trabajar, para que la fábrica funcione bien, para que produzca muchos coches y la empresa obtenga muchos beneficios, para que los reinvierta y así fabrique más coches, para que la gente los compre y pueda ir a muchos sitios con ellos; aunque al final de todo ese proceso racional, el trabajador esté tan agotado que ya no utilice ese coche hasta el lunes, donde irá él a una lejana fábrica a seguir produciendo más coches”. Corrientes Actuales de Filosofía de Javier Hernández Pacheco en relación al pensamiento de Herbert Marcuse, uno de los referentes de Mayo del 68. No se trata de hacer más carreteras de circunvalación. No. De eso estoy seguro. En la serie aquella que hubo hace un par de años atrás de “Voces contra la Globalización”, un economista planteaba que si acaso alguien pensaba que al ascender constantemente los índices macroeconómicos iba a mejorar algo, porque la cuestión era más bien: ¿hacia dónde llevamos toda la vida ascendiendo? Como si construyésemos un mundo inhabitable, como si las hormigas se dedicasen a hacer termiteros y las termitas a varar en playas desiertas de océanos perdidos esperando la muerte. Como si alguno creyese todavía que un mero accidente, de algo menos que “un cascote que meramente gira alrededor del Sol” –en expresión de Hegel–, pudiese destruir la naturaleza –como si = supuesto, = 6+3=9, = nada, = lenguaje, = …–.


La gente que camina por tiras de asfalto adornadas con postes eléctricos, por calles, lleva las manos en los bolsillos y escucha música. A veces, necesita apoyarse sobre un bastón y sólo puede avanzar con paso lento, torpe, al ritmo de la radio. Camina cansado, baldosa a baldosa. Otras, corretea salvaje por entre las farolas y los bancos dando brincos y gritando. La gente suele ir pensando en cosas que ha hecho y en cosas que tiene que hacer. La gente se detiene prendida de la mano de alguien a quien ama a mirar un escaparate. La gente se caga en la madre que lo parió por cualquier tontería y ríe a carcajadas cinco minutos después por lo mismo. Me estoy imaginando a un par de tipos (J.S.C. y G.J.K. que trabajan para I.M. Inc. S.A.) en Silicon Valley, con la cara frente a un monitor de plasma, pensando cómo poder crear un mundo en el que no se necesite a toda esta marabunta humana, sólo unos pocos, o ni siquiera eso. Cualquier cosa. Creo que es en “El Tigre y la Nieve”, de Roberto Benigni, donde oí que “el mundo comenzó su andadura sin el ser humano y la terminará sin él…”

10 de octubre de 2010

¿Si me pinchas, sangro?

A menudo me cuestiono sobre mi parcial, o entera, insensibilidad, es difícil precisarlo. Reflexiono brevemente buscando el origen; unas veces susceptible, otras hermético, intraspasable. En seguida llego a la conclusión: soy producto de una sociedad avanzada, llena de artificios o inventos del hombre, antinatural y hedonista. ¿Qué puedo hacer? ¿Puedo luchar contra “mi destino”?... Es fácil rendirse –o resignarse, si se prefiere–, arguyendo que “así son las cosas, qué le vamos a hacer”; lo difícil es vislumbrar el camino y perseguirlo –y más a estas alturas–, porque es escurridizo, huidizo, sólo visible a los más íntegros.

La impotencia de sacar mis sentimientos a flote me desborda; me siento incapaz, incapaz pero consciente, lo que carga una losa más sobre mi espalda. Sigo adelante sin pensarlo demasiado, jalonando mi andadura de actos honestos –y otros no tan honestos–, pero sin sentir apenas nada: pequeñas chispas que crepitan ahogadamente sin llegar a hacer fuego… Pienso en lo que tiene que costar convertirse en un ser emocional a mi edad; desprovisto en mi niñez de experiencias indefectibles para desarrollar esa capacidad, más vital que cualquier otra, encaro el futuro con no poco miedo e incertidumbre.

Además, todo esto me hace sentir culpable. Siento que no merezco muchas de las experiencias que, aunque no sepa apreciar en su última esencia, son el abrigo en el que me arrebujo, cubriendo mi aterido cuerpo, en medio de la tempestad. Intuyo las emociones, eso no lo puedo negar, pero siempre echo en falta algo: cierta emoción, cierto sentimiento. Sentir que no estoy solo ante esto o aquello, que me acompaña la sensación de vida que hace precisamente estar vivo, se ha convertido para mí en una odisea, en una meta hecha polvo, en un camino escarpado en las estribaciones del Himalaya, sin sherpa, equipo adecuado y preparación… No tiro la toalla, sino simplemente acierto al otorgar tanta dificultad a mi pretensión; como insuperables pueden resultar para cualquiera muchas cosas.

Carezco de la capacidad de análisis para tratar este tema en profundidad; tan sólo lo suelto, lo escupo, como algo con lo que me atraganto una y otra vez sin saber qué es. Puedo conocer de dónde viene y a dónde va, eso sí, pero no quiero darle muchas vueltas, simplemente quiero vivir dignamente, sin atormentarme cada dos por tres con esta tara, mal endémico, posiblemente, de gran parte de nuestra sociedad, que no conoce y debería conocer –puede equivocarme, claro está, pero como todo el mundo tengo prejuicios y esos rostros no me transmiten nada bueno–. Quizá suene paradójico esto de no pensarlo pero querer encontrar la solución, sin embargo intento seguir unas directrices claras, intuitivamente descubiertas y puestas en práctica, pero que me alejan poco a poco de todo esto de lo que estoy hablando sin contar nada.

¿Si una persona a tu lado llora, lloras tú? ¿Si una persona a tu lado ríe, ríes tú?... ¿Si te falta el aire, dejas de respirar?

7 de octubre de 2010

Arte...

Entre trajines de trasiegos convergentes

un ser que debería servirse en esta vida

al igual que existe noche y día

y llegar cual rayo hasta la gente.

Preso, a fe, en campos de cemento

vive el arte, como ser, sin ser sabido

entre cortinas de sueños escondido

velando, cual tesoro, su lamento.

Intenta hallar un plan con fundamento

acumulando a la par planes fallidos

dibujando en la pared lares floridos

poniendo por testigo el firmamento.

Y furia, y paz, y desconsuelo

llena con calor manos vacías

y desprende sentimiento a manos llenas

para ocupar, después, estanterías.

Solo siendo nadie con pasiones

consigue ser algo con sentido

para ver, oír y ser leído

y sentir sin temor sus expresiones.

Carece, este ser, de condiciones

que dicten con detalle el nacimiento;

solo fluye raudo en su momento

contagiando hasta enfermar los corazones.

Inmortal como un ángel caído

deja la huella inconfundible del artista

rastro que deja cuando pisa

con puñales de ilusiones su camino.

Sara Conde

4 de octubre de 2010

La despedida

Mi abuelo me contó una vez su sueño. Él, siempre, desde que tiene memoria, ha dado mucha importancia a los sueños; todos los días remembraba y relataba a sus amigos sus aventuras, con pelos y señales, como el decía. Con el tiempo creó un universo paralelo, con una iconografía muy particular –según mi criterio era fruto de un carácter fuerte, que desbordaba toda realidad–. Así, un día descubrió lo que, me aventuro a decir, ningún mortal a descubierto: la Respuesta, que el decía, o el sentido de la vida, que diríamos el resto; la cual nunca me reveló, no por avaricia, sino por incapacidad, no podía explicarlo por medio tangible o narrable, “demasiado alambicado, incluso para mí, que lo he vivido” (simples palabras de su boca). Según mi abuelo, los humanos siempre volvemos de esa inconsciente realidad porque preferimos la nuestra, porque en el otro lado vamos desnudos, nuestros pensamientos no tienen forma, tienen vida, somos libres, pero la mayoría de las veces nos angustia y conmociona –lo “desconocido” siempre asusta–; vivimos en el lado de la puerta que trabamos al nacer, y el sueño es el reflejo de éste, pero sin trabas, sin lastres, como en un espejo, la incoordinación motriz se muestra en una subversión de la conciencia, haciendo meridiano lo que subyace. Y, aunque es nuestro reflejo el que vemos, existen otros muchos, así como la luz que los hace posibles… Mi abuelo sabía todo eso, de él lo he aprendido; además sólo yo y, en parte, mi abuela creíamos sus fantásticas historias, llenas de color y musicalidad, por lo que me siento portador de, al menos, un vaso de agua de la fuente del gran saber. Lo tenía claro: “Siempre supe que en aquel lugar había algo especial, y lo encontré… Al verlo entiendes por qué sólo puede existir allí”. Yo también lo busco, sobre todo para volver a verle, pero no tengo lo que él tenía: la inefable forma de la bondad… El caso es que no se fue al hallarlo, por nosotros: nos quería demasiado, en especial a mi abuela. Cómo me gustaba verla sonreír mientras mi abuelo declamaba…; en la que más sonreía era en la historia de “la culebra de madera”, que mordió a mi abuelo y le inoculo el oficio de carpintero (en este lado), pero también en la de “la luciérnaga insomne”, que con su gran luz no dejaba dormir a nadie hasta que mi abuelo la capturó, ponía una carilla... No se fue, pero una vez muerta mi abuela, dijo que la próxima vez que fuera al lugar –ya que no siempre lo visitaba, como el decía “soy un inconsciente y me dejo llevar”– iba a quedarse. Nadie le creyó, salvo yo. Desde aquel momento, todos los días, se despedía de hijos, nietos, vecinos y amigos como si no les fuera a ver más; les decía “no os olvidéis de enterrarme con un buen libro, de Poe o Hoffmann a poder ser, por si vuelvo y no tengo nada que leer”. Nos tenía a todos un poco atemorizados con eso de “mañana no me despertaré”; pero él siempre que nos veía alicaídos recitaba su frase “der traum, ein leben”, sacada seguramente de alguna de sus lecturas en tierras alemanas. Con esta temática pasó un mes, y nada; los allegados comenzaban a cansarse de sus despedidas diurnas, aunque siempre eran diferentes –las mías me encantaban…, en ese mes largo, bautizado como Marzo, aprendí más que en muchos años de escuela: sus consejos se me grababan a fuego en la memoria, el mejor: “llévate bien contigo mismo, puedes ser desde tu mejor amigo a tu peor enemigo…, elije bien, pero sin confundirte”–. Sin embargo él seguía con ánimo, nunca se olvidaba persona de quien despedirse, agradeciendo además haberla conocido y disfrutado. Me seguía contando sus viajes oníricos por colinas de hule y sus siestas en corrientes de agua de papel, cómo los copos de pan llenaban el estómago al nevar y las letras en escapatoria parecían disparatados insectos…, pero un día no me vino a ver para hablar. Me preocupé y le fui a buscar. Estaba en el poltrón con una infusión, me dijo que estaba afónico y taciturno; lo último me hizo gracia. A pesar de la “normalidad” furtiva, no me apercibí de que no se había despedido de nadie hasta el día siguiente. Cuando sus cuentos no se volvieron a escuchar…, al menos de su boca: no hay día que alguien no recuerde algún pasaje o historia completa. Mi abuelo es de esas personas que no se olvidan, que siguen presentes en los sueños de todos aquéllos que las conocieron. Yo no paró de pensar en él… El otro día, recordando en una cena familiar lo extraño del caso de la despedida, le imaginé llegando a su hogar, tras mes y pico de preparación, diciendo en voz alta, a su modo y manera: “joder, justo hoy que no me he despedido de nadie”.

D.C.O.

3 de octubre de 2010

Robert Johnson


Echemos la vista atrás unos cien años, para recordar la mayor historia convertida en leyenda en cuanto a blues se refiere... Además, gracias a esto, aprovecharé para refrescar la memoria de aquellos que creen que todo comenzó con Elvis Presley y el rock de la cárcel. Y es que si se realizara una encuesta mañana mismo acerca de la música popular en el siglo XX, la gran mayoría de público reflejaría, si acaso, a grupos de jazz y blues (sin mayor referencia), así como a personajes de nombre reconocido como Louis Armstrong, Frank Sinatra o incluso Elvis Presley. Nadie cuenta con lo que pasó antes de que estas grandes figuras llegaran a donde llegaron. Nadie sabe qué es lo que escucharon para decidirse luego ellos a hacer canciones. La respuesta se podría reducir, de manera amplia, a dos palabras: jazz y blues.


Las bandas de jazz, entre las décadas de los años veinte y las de los años cuarenta, fueron cuna e influencia indiscutible de muchos músicos posteriores; pero el blues, y sobre todo la figura de los bluesman americanos, marcó también a otro gran número de futuros músicos, quizá más eléctricos y “más conocidos” que los anteriores en las cabecitas, cada vez más pequeñas, de los hijitos.


Y es aquí, en el gremio de los viejos bluesman, donde encontramos nuestra historia: la historia de Robert Johnson.


Robert Johnson nació en el sur del Delta del Mississippi, cerca de un pueblo llamado Hazelhurst, alrededor de 1911. En una familia de once hijos, la vida no puede ser muy fácil, por lo que a los tres años lo enviaron a vivir a Memphis con su padre. Fue allí donde algo más tarde aprendió de uno de sus hermanos lo básico de la guitarra, después de haber probado con el arpa. A los nueve años volvió con su madre a Hazelhurst, y a los diecinueve se casó con una joven tres años menor que él, la cual falleció en el parto del hijo que esperaban. Éste es el primer indicio de la mala suerte que le perseguiría durante su corta vida.


En 1930, Robert comenzó a frecuentar un pequeño pueblo del Delta llamado Robinsonville acompañando al guitarrista Willie Brown en sus interpretaciones. Willie Brown era amigo de Charlie Patton, reconocido bluesman de la época, muy conocido por su virtuosismo a la hora de hacer trucos con la guitarra, como colocársela entre las piernas o detrás de la cabeza; gestos que mas adelante “inventó” un tal Hendrix. Acompañando a Willie Brown, Robert también conoció a Son House, el cual fue una de sus mayores influencias.


Por esas fechas Johnson no destacaba tanto en la guitarra como entre el público femenino. Dicen de él que era un hombre de hueso pequeño y de piel oscura; con unas facciones tan delicadas y un pelo ondulado que hacía a las mujeres interesarse rápidamente en él. Por otro lado, esta faceta de Johnson le acarreó muchos problemas entre los admiradores de sus admiradoras.


A menudo recibía burlas de músicos mayores acerca de su forma de tocar e interpretar, por lo que, harto de aguantar, se fue. Nadie supo nada de Robert durante un tiempo hasta que un buen día volvió. Volvió, pero ya no era el mismo. Ahora tocaba la guitarra con una técnica deslumbrante, enérgica y eléctrica, la cual se muestra en sus grabaciones de 1936. Todos quedaron asombrados ante los nuevos quehaceres de Johnson con las seis cuerdas… Y es aquí donde comienza la leyenda.


Gentes del lugar comentaban que se había perdido en algún pueblo del Delta y se había puesto a practicar frenéticamente con la guitarra hasta alcanzar su nivel. Puede que esto sea cierto, pero la historia más conocida es la del cruce de caminos.


Se dice que Johnson se reunió con el diablo en el cruce de caminos de la autopista 61 con la 49, en Clarksdale. Allí, a la medianoche, Robert concedió su alma al diablo a cambió de adquirir una técnica “endiablada” que le convirtiera en el mejor con la guitarra. Gracias a este pacto, Johnson se convirtió en un músico reconocido, que, sin embargo, no aspiraba a mucho más que a tocar blues, ligar con chicas y beber whisky.


Giro y giro por todo el sur de EE.UU hasta que tuvo ocasión de registrar sus temas (29 en total) en dos sesiones de grabación; la primera en San Antonio, Texas, los días 23, 26 y 27 de Noviembre de 1936, y la segunda en Dallas, Texas, los días 19 y 20 de Junio de 1937. Solo 29 temas, ni más ni menos. 29 temas en los que Johnson trata de la pobreza, de las mujeres, del camino empedrado…, en definitiva, de la mala vida que llevaba. En sus canciones se muestra la gran técnica del músico, con un estilo cercano al de Son House, sincopado, lleno de tresillos, glisandos y contrapuntos que dialogan con la voz solista de Johnson, acompañada en alguno de los temas por el bottleneck (slide), tan bien ejecutado por Robert. Él mismo, en alguna de sus canciones (Me and the Devil Blues, CrossRoads…), hace referencia al diablo, haciendo que engorde la leyenda del cruce de caminos.


Es curioso como al escuchar los temas se oye el zapato de Johnson golpeando contra el suelo, marcando el ritmo del tema, así como viejas puertas de madera que se abren y se cierran.


Muchas de estas canciones han sido versionadas por grupos de los años 60, como Rolling Stones, Cream, Hendrix, Allman Brothers, The Band, etc., dejando constancia de su influencia.


Johnson tocaba y grababa. Estaba en un momento bueno; normal, acababa de pactar con el diablo. Pero en 1938, durante la celebración de una fiesta, y continuando con la leyenda, Robert murió. Un marido celoso puso veneno mortal en el whisky de Johnson. Tenía 27 años. Hay quien dice que murió de neumonía, otros que de sífilis; no está muy claro, como tampoco lo está el lugar en el que fue enterrado.


Todo lo que rodea a Robert Johnson es confuso. A lo largo de los años, muchos investigadores han tratado de avanzar y adentrarse, pero lo máximo que han conseguido son los 29 temas de las dos sesiones de grabación, 2 fotografías y un parte de defunción de 1938. Esto y la leyenda del cruce de caminos, retratada en la película CrossRoads (1986), de Walter Hill, convierten a Robert Johnson en el padre del blues, abuelo del rock and roll y figura clave a la hora de entender y conocer los orígenes de la música popular tal y como la conocemos hoy en día.


TXARLOT

29 de septiembre de 2010

El fin del camino III

Domingo, 9 de abril de 1995: Me he levantado destemplado: es la peor cama que he visto nunca. Natalia, ya despierta, miraba a la calle totalmente erguida frente a la ventana; estaba desnuda. Le di los buenos días, pero no contestó. Se dio la vuelta y me dijo que se iba a dar una ducha. La luz de la mañana entraba con fuerza y no he podido ver su precioso cuerpo. He oído caer el agua durante una hora aproximadamente, mientras me desperezaba, así que he decidido dar una vuelta por el puerto mientras acababa. Nada interesante, salvo los recuerdos de Nicolás: dos tortugas hechas con conchas y fósiles marinos. He regresado al hotel y no la he encontrado, conque estoy frente a ti, Diario, cambiando la rutina y contándote esto por anticipado… Han pasado muchas horas, estoy empezando a preocuparme de verdad… Son las once de la noche, llevo todo el día buscándola y sigue sin aparecer. Es muy raro, por qué iba a irse ella sola, sin mí y sin ninguna de sus cosas –la cámara fotográfica está sobre la cama–. Después de esperar toda la mañana en el hostal, decidí mirar por el pueblo; hasta pregunté a varias personas que no tenían pinta de moverse mucho: ninguna ha sabido decirme nada. He recorrido todos los lugares donde hemos estado, donde pensábamos ir y donde no iríamos; he llamado a sus padres y a los míos, sin decirles nada, claro, para ver si eran ellos los que me lo decían a mí; he cogido el coche y he conducido hasta Santiago, donde tampoco he encontrado ninguna pista…; por último, he preguntado al tipo raro del hostal. ¿A que no sabes que me ha dicho? Que no había visto a ninguna mujer conmigo, que yo estaba solo hospedado. Le he dicho que para qué quería una habitación de matrimonio para mí solo y me ha replicado que así lo pedí yo anoche. No entiendo nada, ¿cómo es posible que no la viera ayer cuando entramos al hostal? ¿Por qué se fija tan poco ese cabrón?... No quiero ir a la policía, ¿qué puedo hacer?, esperar sin más me es imposible, es un tormento... No quería leer más. Aquello era terrible. Estaba leyendo cómo desaparecieron aquellos dos jóvenes. Encima, nada tenía sentido… Después de un buen rato de divagaciones estúpidas, miré el reloj: marcaba las seis y media pasadas. Llevaba toda la noche leyendo y comiéndome el tarro. Lo único que estaba claro era que tenía que llevar aquel diario a la policía. Pero… leído, o sin leer, del todo al menos… Pasan las horas y la cabeza me va a estallar. Son las seis de la mañana. Sólo me tranquiliza escribir. Contar lo que siento… es imposible. Ayer era el hombre más feliz del mundo, y hoy… soy un cadáver; nunca me he sentido tan vacío, un agujero tan hondo ocupa mi interior que casi no puedo ni espirar. He vomitado varias veces; no he comido, ya no me queda nada por echar y el vacío sigue dentro, con sus garras aprisiona mis entrañas… Tengo que tranquilizarme, tengo que pensar… Ayer no paso nada fuera de lo común, salvo el polvo descomunal… Puede que ese fuera el detonante. Algo ocurrió que la hizo escapar. Quizá unas ansias de libertad… o…, qué se yo, una huída hacia ninguna parte… No, eso no… Y… es imposible que la hayan secuestrado, en este lugar no. También es bastante improbable que se haya caído por un acantilado… He ido al baño a mear y me he golpeado la cabeza con la pared… Hasta ahora no había llorado, pero creo que éste era el momento idóneo. No desahoga, pero dignifica. Sin embargo, he vuelto a caer en la desesperanza, y, como no soy tan digno, he rezado un padrenuestro para, egoístamente, pedir que vuelva, que todo quede en una estúpida anécdota que contar a nuestros amigos entre risas malévolas. Qué más puedo decir, hacía más de quince años que no pensaba en la existencia de Dios; supongo que nunca había necesitado tanto algo… ¿Qué fue lo último que me dijo?... Ah, sí. “Me voy a dar una ducha”… Me he acercado al baño, pero está cerrado. La llave ya no está puesta en el pomo de la puerta. Esta mañana estaba, pero… Giré la cabeza maquinalmente en aquella dirección. La puerta cerrada, como ya sabía perfectamente. Seguí leyendo… Están llamando a la puerta… Son ya las siete de la mañana. Dejé de leer, pasé la hoja: ¡el diario no podía acabar así!... Pasé todas las hojas hasta el final. Empezaron a sonar las campanas de la Iglesia. Y, entonces, ¡llamaron a la puerta!

26 de septiembre de 2010

traumatismo craneal leve

la lluvia roza tu cara te pones la gorra y observas las lecheras

el policía intimida con su porra vacía de sentido mira con miedo

tiene delante a un grupo de jóvenes resabiados que piden algo más

que escupen al sistema que destrozan noches y pulmones por unos

sueños rotos antes de nacer

el momento no llega pocos somos la paciencia harta alguien lo grita

no se calla lo que todos piensan tienen miedo por eso golpean

el policía arremete sin pensar piel de torturador de mente deforme

usa la porra herramienta de trabajo es mi trabajo es tu desgracia

brota la sangre de tu cabeza

y caes al suelo

eres detenido identificado encerrado secuestrado finalmente señalado

cada huella cada parte de ti queda registrada en los preciados archivos

el jefe sin uniforme abofetea los adláteres oír ver y callar apestan igual

el joven ríe por no llorar

palabras de una madre no te van a dar la razón en ninguna parte

y menos en la calle yo la digo que no que se calle

y sigo comiendo sin ganas

burgos sábado veinticinco de septiembre del dos mil diez

Señor Rubim


Basado en hechos reales

Denuncian: que cuando se encontraban en colaboración con una patrulla realizando labores de cumplimiento del horario de cierre de los locales y parados en la calle indicada se ha acercado al vehículo policial un joven que ha comenzado a gritar “GILIPOLLAS ESTÁIS CONTAMINANDO”, momento en el que dicha persona abre la puerta del vehículo patrulla con distintivos policiales, que se encontraba arrancado y con los luminosos en contacto, para introducirse en el interior; que ante este hecho el agente procedió a agarrar a dicha persona sacándole del interior del vehículo, comenzando en ese momento a gritar “IMBÉCILES NO VALÉIS PARA NADA, PARA QUE ESTÁIS AQUÍ, SOIS UNOS HIJOS DE PUTA, NO HACÉIS MÁS QUE CONTAMINAR”; que ante estos hechos se le indica que deponga su actitud, si bien el joven intenta con sus gritos echar a la gente encima de los agentes, comenzando de nuevo a gritar “HIJOS DE PUTA, NO PODÉIS TOCARME, DADME VUESTRA PLACA QUE OS VÁIS A CAGAR”, todo en actitud irónica y desafiante; que se le indica de nuevo que deponga su actitud e indicándole que se identifique; que tras identificarle continúan su cometido anterior, y minutos más tarde la persona identificada anteriormente de nuevo aparece en el lugar e insulta a los comparecientes y esta vez junto con otro joven que igualmente insulta a los agentes con frases tales como “METEROS LA PORRA POR EL CULO HIJOS DE PUTA”; que los agentes se dirigen hacia dichas personas, para esta vez identificar a la segunda persona, la cual no porta documentación alguna, por lo que se procede a su traslado a dependencias del CNP, para su completa identificación, que antes se procede a un cacheo de seguridad, momento en el que esta segunda persona a comenzado a decir “SIGUE TOCANDOME ASÍ QUE ME LA ESTÁS PONIENDO DURA, LO QUE VAS A CONSEGUIR ES QUE OS DEN UN BUEN TIRÓN DE OREJAS”; que a ambos jóvenes se les informa que van a ser denunciados por los hechos acaecidos; que testigos de lo ocurrido se encontraba el indicativo de Policía Local DELTA O; que no tienen más que decir, firmando su declaración en prueba de conformidad, en unión del Instructor.
Sentencian: que los acusados deberan ser lavados la boca con jabón por sus sendas abuelas en repetidas ocasiones; en caso de defunción o discapacidad de alguna de ellas será de-signada la tía abuela más cercana a la antes citada; en todo caso, el abuelo, si lo hubiere, o tío abuelo más cercano debe estar presente. (2 de mayo del 2010)

15 de septiembre de 2010

El fin del camino II

La decoración en tonos beis de la estancia era espantosa en sumo grado. Como si hubiera retrocedido unos cuantos años y me hallara en la habitación de un matrimonio bisoño, con su gran cama, cómoda y lámpara de flecos. Estas circunstancias no eran extrañar; el hombre al que antes me he referido como mesonero ni siquiera me había pedido documentación –la inscripción quedaba por tanto en el aire–, y la habitación me había sido adjudicada como si supiera lo que hacía, con una actitud que ahora quedaba en entredicho; pese a todo, las ganas de descanso me impidieron réplica alguna, aceptando estoicamente todas aquellas sospechosas formas. Lo dicho, la habitación daba asco.

Llevaba un rato recostado sobre la cabecera de la cama, con la almohada a la espalda, fumando un cigarro y discurriendo sobre mi estancia. No podía entender todo aquello y el aburrimiento se regocijaba en aquella nimiedad. Entonces, con el manar de imágenes (río que sigue a la tormenta) me fui quedando poco a poco dormido… Desperté del sopor y sentí el calor reconfortante de una imaginada manta eléctrica; sin embargo ¡se trataba de una llama que salía de la colcha y que amenazaba con quemarme el pantalón! Debió ser el cigarro que había trabado mecha y se extendía irremediablemente, pensé. Mi pesado cuerpo se levantó solo y fue al baño en busca de auxilio, pero la puerta de éste se encontraba cerrada a cal y canto. Maldije y regresé a la cama con valor redoblado. Cogí el colchón con ambas manos, y lo volqué con tanta fuerza, que el canapé –ni siquiera somier– voló con todo el conjunto. Descargué alguna que otra patada sin mucha determinación; ya no salía humo, di la vuelta a todo para comprobar su estado y descubrí que había un boquete que atravesaba colcha, sábana y bajera, dejando una huella espantosa. Volví a colocar casi todo en su sitio, pensando en la cara que me iba a poner el amable señor de la casa, abrí la ventana; y en ese momento, al darme la vuelta, ocurrió: encontré un extraño cuadernillo en el suelo. Tras observar detenidamente su apariencia e inscripción: Diario, resolví descubrir de dónde había salido, sin detenerme en lo que aquello significaba. El canapé me dio la primera y única pista, ya que tenía un roto considerable que daba apertura a su interior; dentro podía palparse la unión de fibras salvo en una franja correspondiente al tamaño de un libro, coincidiendo, además, reveladoramente con la sima. Comencé a darme cuenta de lo insólito del hecho en sí. No sólo noté el cosquilleo característico de la curiosidad ante esa palabra íntima (Diario), sino que algo misterioso fue apoderándose de mi voluntad; parecía que todo estuviera predestinado, yo era una ficha más de la confabulación del tiempo y el diario estaba allí guardado para que yo lo encontrara ¿y lo leyera?

Estaba sentado sobre el colchón quemado con el diario entre las manos, los ojos fijos en aquella palabra que había perdido todo significado, cuando me decidí a abrirlo. La primera página decía: “Antonio Gutiérrez”. Antonio Gutiérrez… Me sonaba, no sabía de qué, pero lo había oído recientemente, en algún momento, en algún lugar; y lo oiría en mi cabeza durante muchos años, como un eco ininterrumpido que reverbera en aquella primera página. Pasé la hoja y comencé a leer… Viernes, 7 de abril de 1995: Es nuestro primer día en Santiago de Compostela. El anterior diario no llegaba para cubrir todas las pequeñas historias que espero nos ocurran estos días, así que comienzo éste con igual o mayor entusiasmo, motivado por el viaje. Natalia está preciosa, como siempre, qué voy a decir de ella que no haya dicho ya en estas páginas. Sin embargo tiene un halo especial, destila sensualidad como nunca, eso que no hay mucha luz que de claridad a su belleza. Estoy enamorado… Hoy no hemos hecho nada especial, tan sólo hemos paseado por la ciudad, por sus calles y plazas antiguas, tras un viaje de varias horas en tren que hemos matado leyendo “Las bicicletas son para el verano” a dos voces. Nos hemos encontrado con un músico callejero, Santi Pintos, que tocaba el arpa muy abrigado. Sus notas se perdían entre las piedras de la misma rúa sobre la que caía una llovizna leve pero plomiza –él la llamaba garúa–. Ha estado hablando con nosotros, muy serio, y le hemos comprado un disco grabado junto con otros músicos gallegos. Al final de la noche, después de ver la basílica ennegrecida por fuera y empaparnos de emoción no con ella sino con el casco viejo en conjunto, hemos vuelto a la habitación. Allí hemos dado rienda suelta a nuestras pasiones –esta vez no me detendré en su relato–; y después hemos decidido alquilar un coche y visitar el pueblo de Fisterra. Ha surgido inesperadamente; es posible que ella lo estuviera mascando desde que cogiera un folleto en el hall del hostal… Me despido hasta mañana, querido Diario, bajo una lámpara de luz mortecina. Cerré por un momento el cuaderno. Qué me rondaba la cabeza… Natalia… Natalia y Antonio. ¡Esos nombres… juntos! Era como un tándem inconfundible. Me daba cuenta, pero ¡no podían ser ellos! Era imposible… Ahora la situación extraña se tornaba en siniestra. No podía ser yo la pieza que faltara a esta historia. No tenía intención de serlo. Pero la fatalidad estaba allí, empujando a abrir de nuevo sus páginas… Sábado, 8 de abril de 1995: Hoy ha sido un día increíble. Nos ha pasado de todo. Por la mañana bien pronto, nada más llegar, hemos visto a los barcos pesqueros llegar a puerto y descargar, cómo vendían la mercancía y el barullo que se formaba alrededor. Después hemos ido a conocer la zona. Con un plano de las rutas de alrededor, nos hemos dirigido a la Costa da Morte, llegando hasta la Praia da Arnela. Hemos hablado con un señor al que le faltaban casi todos los dientes, no se le entendía nada, aunque no por ello la charla ha sido menos amena. Y… lo mejor de todo: ya notábamos el viento soplando fuertemente cuando nos ha salido al paso una cala preciosa, justo en un conato de tormenta formidable; hemos bajado la pendiente para llegar a la playa, la lluvia caía cada vez con más fuerza y las olas rugían descomunales; una vez abajo me he puesto a correr como un loco por la orilla mientras Natalia hacía fotos. Cuando el temporal ha amainado hemos hecho el amor sobre los chubasqueros. Nos acariciaba el sol, olía a mar y se oían a lo lejos las olas; su cuerpo era dulce y tibio, y sus ojos, dos luceros del cielo… De regreso hemos comido y nos hemos echado la siesta en la Langosteira (una playa más cercana); hacía bueno y el viento era suave. Al despertar nos hemos encontrado con un tipo entrañable, se llamaba Nicolás, el Payaso Nicolás. Nos ha contado que trabajaba en el circo, que forma parte de la familia Aragón –supuestamente es primo de Miliki–, pero que se rompió la pierna y no llegó a recuperarse, por lo que está jubilado anticipadamente. Nos ha enseñado a distinguir entre vieiras y otras conchas y nos hemos pasado la tarde llenando una bolsa que nos ha dejado –para recuerdos y artesanía–; incluso hemos encontrado alguna ostra. Al despedirnos de nuestro amigo nos ha prometido un recuerdo de los que él hace para vender a los turistas en las fiestas… El día estaba ya expirando cuando hemos llegado al cabo. Me ha gustado conducir por esas carreteras tortuosas con el cielo y el mar violetas. El faro no es para tanto, pero la sensación de ver las olas golpeando contra el último ribete de tierra… es alucinante. Al regresar he visto un desvío hacia el Monte do Facho; no tenía intención, pero al ver el cartel he recordado que en el folleto del hostal ponía que muy cerca había un santuario vinculado con la fertilidad, donde se realizaban rituales sexuales desde la antigüedad; así que, sinuosamente, hasta allí nos he conducido. Natalia lo sabía, durante el corto trayecto su mirada tenía ese brillo inconfundible mezcla de pasión y condescendencia. Y al llegar allí me lo ha demostrado echándose sobre la cama de piedra totalmente desnuda. No he podido menos que desnudarme también y hacerla el amor sobre el lecho de estrellas caídas. Bueno, más bien ha sido ella la que me ha hecho el amor, unas cuantas veces además, y de todas las formas posibles; parecía no saciarse nunca, sus ojos centelleantes parecían lazos que se anudaban a mi cuerpo; más de una vez he intentado desatarme, pero su lengua se sumaba a la presa y el placer experimentado me impedía resistir. Nunca soñé una experiencia sexual como aquella, ha sido muy superior a todo lo imaginable. Durante la vuelta al pueblo no hemos intercambiado palabra alguna, nos ha sido imposible hablar después de aquella fantasía más que cumplida… Ahora escribo esto en el cuarto de un hostal donde nos hemos quedado a dormir. Ella está durmiendo. Yo sigo pensando en su mirada y en ese brillo fantasmal que ha consumado mi libido y ha acallado su voz esta noche. Era intenso cuando hacíamos el amor, pero después…; permanecía, aunque con signo contrario, como si algo se hubiera esfumado en su interior. Seguro que sólo es el cansancio; normal, después de esto ya nos podemos morir tranquilos… Bueno, Diario, esta vez he encontrado un escondrijo perfecto para ti. Había un roto en el extraño somier, a mi lado de la cama, que escarbado un poco te dará cobijo.

7 de septiembre de 2010

El fin del camino I (Tercer premio del "II Certamen de Relatos Breves de Terror" de la Universidad de Burgos)

“La muerte es una quimera: porque

mientras yo existo, no existe la muerte;

y cuando existe la muerte,

ya no existo yo.”

Epicuro de Samos

Conocí esta historia por un periódico local. Era mi último año de carrera, estudiaba en Santiago y estaba dispuesto a regresar a mi ciudad natal; todos aquellos años en tierras gallegas me habían traído no pocos disgustos y, a pesar de estar embebido por sus calles, quería huir de allí, volver a Burgos y cambiar unas piedras por otras.

Aquella tarde, cuando leí la noticia, me di cuenta de lo cerca que estaba de Fisterra, y, alterando mi habitual rumbo de viaje, decidí visitarlo. En aquel momento no pensé ni por un instante en los jóvenes desaparecidos de la foto. Recogí un poco la habitación, me despedí con un simple “hasta luego” de mi compañera de piso y, maleta en mano –soy muy clásico–, me presenté en la estación.

Cuando llegué a mi destino estaba lloviendo, y la temperatura descendía a siete grados. Fui a tomar una cerveza, y entonces volví a cruzarme con ellos, estaban en un cartel junto a la puerta del bar, la misma foto; esta vez sí pensé en sus desgraciadas vidas y en los sucesos que dieron por volatilizarles. Recordé lo que decía la prensa en portada: “Pareja desaparecida en extrañas circunstancias”; pero lo que realmente me interesó del asunto, y posiblemente me hizo recalar en el Mar de Fóra, estaba en el interior; era una columna cuyo epígrafe decía: “¿Mouras gallegas?”. Hacía referencia a las extrañas circunstancias, explícitamente y de manera que no podías menos que sentir escalofríos por todo el cuerpo, despertando en ellos esa atracción humana por lo arcano que tantas generaciones han materializado en multitud de creencias.

El artículo presentaba principalmente a una anciana, la vieja Orcabella (metonimia de “Orca da Vella”, el dolmen de la Vieja), divinidad de la naturaleza relacionada con la fertilidad y la muerte, que con sus ciento setenta y pico años se cansó de vivir y se enterró a sí misma junto con un pastor que le servía, después de años robando y comiendo niños cuando se le antojaba. Tenía el poder de volverse invisible, y con sólo mirar a los ojos o tocar con su mano ya exterminaba al más bigardo. Según contaban, el pastor no paraba de gritar desde su enterramiento prematuro, y a la llegada de varios paisanos para auxiliarle la tumba se llenó de culebras y serpientes que los espantaron para siempre. Moraba en el promontorio de Finisterre, y las leyendas circulan en torno a aquel antiguo sepulcro megalítico, en el cual se practicaban ritos paganos de fecundidad. La Iglesia, con objeto de cristianizar dichos rituales, trasladó esas prácticas a una capilla medieval cercana, la Ermita de San Guillerme, donde poder hacerlo seguros bajo la protectora mirada del Santo. Y es ahí donde entabla relación con la historia de los jóvenes desaparecidos, ya que los testimonios hablan de numerosas parejas que o bien conciben o bien perecen tras su visita a San Guillerme.

Con estos pensamientos la pinta no me sentó del todo bien, sospechando al cabo en un posible asesino con coartada mística… Tras la malta, recogí mis pertenencias y pregunté por un alojamiento. El mesonero, sin mucho entusiasmo, me ofreció su propia fonda, a la que el piso de arriba daba continuación. Viendo como me miraba decidí no rehusar. Por otro lado, no tenía mejor sitio adonde ir a pesar de que aquello no tenía ni la acuarela marinera de hospedaje; pero no conocía el pueblo y llovía a cantaros. Subimos por las escaleras y me instaló en la primera habitación, con ostensible desgana. El cuarto daba a la calle principal, se podían ver los barcos, el puerto y la lonja como en un cuadro de Turner recién pintado al que se le echara agua encima; se escurría la imagen hasta no quedar nada, tan sólo los destellos de las farolas sobre el negro lienzo de lino… La noche despuntaba y la vida seguía sin aparecer en las calles encharcadas. El lugar era frío y húmedo, el mesonero se había ido y mi viaje no tenía mucho sentido. Corrí las desvencijadas cortinas y me dispuse a descansar sobre la cama.

Chester Gómez

3 de julio de 2010