3 de julio de 2010

El cajón vacío y las palabras atrapadas

El cajón vacío y las palabras atrapadas,

qué dos compañeras

inseparables…

Vuelven a estar a mi lado,

vuelven a ocupar mi espacio.

El cajón vacío y las palabras atrapadas,

no cambiarán ellas

inamovibles…

Vuelven a dañarlo todo,

vuelven a estar ocultándolo.

El cajón vacío y las palabras atrapadas,

que nunca en la estacada

aunque quiera dejaré…

vuelan y vuelan… miro

y seguirán volando.

30 de junio de 2010

El sol que deja de brillar

El día de hoy ha nacido extraño. El cuerpo dolorido habla de días pasados sin mucha trascendencia empero de mucho movimiento. No tengo ganas de leer, ni de escribir, ni de trabajar, ni de hacer nada… Sin embargo he tenido una ensoñación que me ha encantado. Me ha hecho soñar con universos infinitos en los que mi vida prospera. No es que lo envidie, pero sí lo deseo.

Estaba recostada en mi hombro. El sol se ponía frente a nosotros; se hundía en el inmenso océano que le da cabida perfectamente. Las olas rompían bajo nosotros y ella respiraba a mi lado. Yo estaba plácidamente meciendo mis pensamientos, todos dormidos; sólo se escuchaba una sensación de tranquilidad que algunos llaman felicidad. Qué suerte la mía viendo aquel inmenso sol irse a la cama, y mi chica, mi amada, yéndose con él a soñar…

2 de junio de 2010



Vídeos y música del autor:
www. youtube.com/user/tonnypizzicato
www.myspace.com/tonnypizzicat

“Hipareta era una mujer discreta y fiel a su marido; pero sintiéndose infeliz en su matrimonio y viendo que Alcibíades frecuentaba a cortesanas extranjeras y atenienses, abandonó su casa y fue a la de su hermano. Como Alcibíades no le dio la menor importancia y continuó viviendo licenciosamente, ella se vio obligada a presentar la demanda de divorcio ante el arconte, pero no a través de un intermediario, sino ella misma en persona. Cuando acudió para hacerlo, según la ley, Alcibíades se abalanzó sobre ella, la agarró y la llevó de nuevo a su casa cruzando el ágora sin que nadie se atreviese a hacerle frente o a quitársela”

Plutarco, “Vida de Alcibíades”

21 de abril de 2010

Miguel Tomé

15 de abril de 2010

11 de abril de 2010

¿Qué concepto merece a los burgaleses la piedra de la capilla del Condestrable, en la Catedral? Esa piedra es una de las curiosidades de burgos. Por ser tal curiosidad, nadie repara en ella. Pesa dos mil novecientas cincuenta y seis arrobas, y tiene de longitud once pies y cinco pulgadas; de latitud, cinco y cinco; de espesor, uno y cuatro y medio. Cuando se labró el sepulcro de los fundadores, se colocó -como está ahora- en el centro de la capilla, junto al sepulcro; se pensó -según parece- labrar en ella otro sepulcro: el de algún descendiente de los condestables. No ha llegado todavía el caso; la piedra, como es piedra, puede esperar. (La cabeza de Castilla, Azorín)

8 de abril de 2010

6 de abril de 2010

Calzón sudao

Aquella noche cuando me desperté tenía el calzoncillo sudado; la espalda me chorreaba como una cascada con rompiente predecible. Qué le voy a hacer, así empezó todo.

Al día siguiente, a pesar de haberme cambiado de ropa interior durante la noche, con la esperanza de ahuyentar los malos espíritus, mi calzón estaba otra vez empapado. La sensación era repugnante, era como si me hubiera meado encima y tuviera que cambiarme de pañal. Resistí como pude, estoicamente; me sequé y puse prenda limpia, no sin cierta desconfianza.

Salí a la calle con ánimo, la música de Chet Baker ayuda. Recorrí las calles sin determinación y entré en un bar que emanaba tranquilidad. Pedí un carajillo con hielos y contemplé mi vida, o al menos lo que quedaba de ella. La camarera era pelirroja, cuarentona; de gran culo, con su vaquero ceñido; y grandes pechos, con su blusa blanca desabrochada hasta el tercer botón. En la barra había unos cuantos abuelos: babeaban y bebían a partes iguales; la camarera pasaba la bayeta de vez en cuando.

Volvió a sudarme el perineo… Era horrible: allí estaba, indefenso ante tales exudaciones advenedizas. Torné entonces a recordar que era vulnerable. Muy vulnerable. Esto podía convertirse en una neurosis… Había oído hablar de que cuando te sudaban las manos era por nerviosismo u otra sensación psíquica, ya que no sudan por calor ni ninguna otra circunstancia; pero que te suden los genitales… Me recuerda a una pesadilla, a carretilla de carne, a mierda pinchada en un palo…

El tiempo pasaba. Tenía que hacer algo, no podía aguantarlo. Notaba una presión que me era familiar, una claustrofobia genital irritante que ya había sentido antes, cuando mi subconsciente ansiaba el naturalismo pero sin efluvios suplementarios, y sin accesos enervantes como los que esta infernal mañana me sacudían.

Me levanté de la banqueta y fui al baño. Entré, y sin demora alcé mi cuerpo frente al secador de manos, desabroché la bragueta del pantalón e hice lo que pude para seguir viviendo. Era incomodísima la posición: de puntillas, agarrándome al secador con las dos manos. El aire entraba a destajo, bajaba por las perneras hasta los tobillos; notaba como me hinchaba, convirtiéndose mis pantalones en bombachos… De repente el secador cedió, se desplomó, y casi succiona mi polla con sus fauces reticulares; suerte que el enchufe y el cable eran resistentes.

Salí y me fui del bar sin remordimientos, con una extraña sensación de pelos erizados. Proseguí la gira de bares infernales…

Después de una hora hacía tres cuartos que me estaba sudando de nuevo el pinrel; pero la borrachera lo podía todo. Entonces, con dicho alivio, me fui a echar la peor siesta de mi vida… No paré de pensar en la horrible sensación, esta vez transformada en una bayeta húmeda que una gorda camarera me pasaba por los huevos. La bayeta estaba tan mojada que ya no absorbía sino que embadurnaba aún más mis genitales con un líquido viscoso en nada parecido al agua.

Cuando me desperté estaba -como ya imaginan- escullando por todos lados. El desagüe, el chakra perineal. La turbina transformadora de energía, mi psique totalmente trastornada. Lo que necesitaba, resolví al punto, era un baño relajante, como los de las pelis, con espuma y sales… Una vez preparada la bañera, yo desnudo con una capa reseca de sudor por todo mi cuerpo menos por la entrepierna, que se regeneraba, me disponía a introducirme en el agua balsámica cuando sonó el timbre de la puerta. Sonó varias veces. Obvié ese hecho, por supuesto, y me arrojé a la curación como un beato en Lourdes.

Llevaba un rato sobre las sales de baño y entre la espuma creyéndomelo, sintiendo ese bienestar que tantas veces nos es arrebatado en la vida real, pero… ¡no podía ser cierto!, la sensación se disipaba y volvía la apocalíptica humedad púbica, ¡dentro del agua! ¡Imposible!... Era una pesadilla, tenía que serlo, contradecía todas las leyes físicas; la subversión de la naturaleza vivida en mis propias carnes…

Entonces volvió a sonar el timbre. Estaba de los nervios, sudando por todos mis poros, -la mirada desencajada, las extremidades trémulas-; era capaz de cualquier cosa, incluso de acabar con aquella vida que nada me daba… Encima el timbre no paraba de sonar. El soniquete se sumó a mi neurosis, los últimos redaños pusieron la bata sobre mi cuerpo tembloroso y lo dirigieron hacia la puerta. Tenía que acabar con aquello, era susceptible de cualquier condicionamiento y no estaba dispuesto a soportar más tormentos.

Abrí la puerta. Un hombre con bombín se recortaba en la oscuridad.

- Buenas tardes, caballero –se dirigió hacia mí el hombrecillo–. Seguro que le interesa lo que vengo a ofrecerle. –Su cara permanecía oculta por la falta de luz, pero pude advertir cierto brillo en su mirada al pronunciar aquellas palabras.

- Creo que no es momento de compraventas –respondí amablemente y con falta de tono y cadencia en la voz. –Cerraba la puerta lentamente cuando una fuerza extraña, proveniente de mí incluso, la detuvo.

- Mire primero lo que le traigo. –Introdujo un documento por el resquicio.

Leí el documento de cabo a rabo y no era otra cosa sino un contrato, supuestamente refrendado por Lucifer. ¿Se trataba de una broma? Según decía al final de unas pocas y disparatadas cláusulas de derogación, se comprometía a liquidar mi problema actual a cambio de mi alma. Estaba dentro de una película de muy mal gusto y el desenlace final estaba al alcance de la mano…

Abrí la puerta del todo. El tipo estaba visiblemente sonriendo en su negrura característica. Me extendió una pluma afiligranada. La cogí y firme apoyando el papel en su tabula espalda.

- Muchas gracias y hasta pronto –se despidió antes de desaparecer en las sombras el siniestro hombrecillo.

D.C.O.


Miguel Tomé

" Las palabras son lágrimas que fueron escritas.
Las lágrimas son palabras que necesitan salir a borbotones.
Sin ellas, ninguna alegría tiene brillo, y ninguna tristeza tiene final.
Por lo tanto, gracias por tus lágrimas". (Transcripción)

21 de diciembre de 2009

80

(Mujeres, Charles Bukowski)

Continuamos bebiendo. Cecilia tomó sólo una más y paró.

- Quiero salir a contemplar la luna y las estrellas –dijo–. ¡Es todo tan hermoso ahí fuera!

- Está bien, Cecilia.

Salió junto a la piscina y se sentó en una silla de mimbre.

- Ahora sé por qué murió Bill –dije–. Murió desamparado, hambriento. Esta tipa no se enrolla para nada.

- Ella dijo algo parecido de ti durante la cena, cuando estabas en el lavabo –dijo Valerie–. Dijo: “Oh, los poemas de Hank están tan llenos de pasión, pero como persona no llega a tanto”.

- Dios y yo no siempre elegimos el mismo caballo.

- ¿Ya te la has jodido? –me preguntó Bobby.

- No.

- ¿Cómo era Keesing?

- Estupendo. Pero me pregunto cómo pudo aguantar con ella. Quizás la codeína y las píldoras ayudasen. Tal vez era como una especie de superenfermera para él.

- Qué se joda –dijo Bobby–, vamos a beber.

- Sí. Si tuviese que elegir entre beber y joder, creo que dejaría de joder.

- El joder causa problemas –dijo Valerie.

- Cuando mi mujer está fuera jodiéndose a algún otro, yo me pongo mi pijama, me echo las colchas encima y me pongo a dormir –dijo Bobby.

- Es un tío frío –dijo Valerie.

- Ninguno de nosotros sabe bien cómo usar del sexo, qué hacer con él –dije yo–. Para la mayoría de la gente el sexo es sólo un juguete, para echarlo a correr.

- ¿Qué hay del amor?

- El amor está bien para aquellos que pueden soportar una sobrecarga psíquica. Es como tratar de llevar sobre tus espaldas un cubo lleno de basura a través de una enorme riada de orina.

- ¡Oh, no es tan malo!

- El amor es una forma de prejuicio. Tengo muchos otros prejuicios.

Valerie se acercó a la ventana.

- La gente está de juerga, tirándose en pelotas a la piscina, y ella está ahí sentada contemplando la luna.

- Su hombre acaba de morir –dijo Bobby–, dale un respiro.

Cogí mi botella y me fui al dormitorio. Me quité los calzones y me eché en la cama. Nada estaba en armonía. La gente sólo abrazaba a ciegas lo que se le pusiese delante: comunismo, comida natural, zen, surfing, ballet, hipnotismo, terapia de grupo, orgías, paseos en bicicleta, hierbas, catolicismo, adelgazamiento, viajes, psicodelia, vegetarianismo, la India, pintar, escribir, esculpir, componer, conducir, yoga, copular, apostar, beber, andar por ahí, yogurt helado, Beethoven, Bach, Buda, Cristo, jugo de zanahorias, suicidio, trajes hechos a mano, viajes en jet, Nueva York, y de repente todo ello se evaporaba y se perdía. La gente tenía que encontrar cosas que hacer mientras esperaba la muerte. Supongo que estaba bien poder elegir.

Yo hice mi elección. Cogí la botella de vodka y me pegué un buen trago. Los rusos conocían el tema.

Se abrió la puerta y entró Cecilia. Tenía buena pinta con su cuerpo compacto. La mayoría de las mujeres americanas eran o bien muy delgadas o elefantiásicas. Si les dabas fuerte, algo se les rompía y se convertían en neuróticas y sus hombres en deportistas o alcohólicos y obsesos por los coches. Los noruegos, los islandeses, los finlandeses sabían cómo debía estar construida una mujer: amplia y sólida, con un gran trasero, grandes caderas, grandes flancos blancos, grandes cabezas, grandes bocas, grandes tetas, mucho pelo, grandes ojos, grandes agujeros de nariz, y abajo en el centro, lo bastante grande y lo bastante pequeño.

- Hola, Cecilia, ven a la cama.

- Se está muy bien ahí fuera por la noche.

- Supongo que sí. Ven a decirme hola.

Entró en el baño. Apagué la luz del dormitorio.

Salió pasado un rato. Sentí subir a la cama. Estaba oscuro, pero algo de luz pasaba a través de las cortinas. Cogí la botella, se la pasé. Tomó un pequeño sorbo, luego me la devolvió. Estábamos sentados, apoyados con las almohadas en la cabecera. Nuestros muslos estaban pegados.

- Hank, la luz era como una tenue pincelada. Pero las estrellas eran brillantes y hermosas. Te hace pensar, ¿no crees?

- Sí.

- Algunas de esas estrellas llevan muertas millones de años luz y todavía podemos verlas.

Me acerqué a ella y atraje su cabeza. Su boca se abrió. Estaba húmeda y fresca.

- Cecilia, vamos a joder.

- No quiero.

En cierto modo yo tampoco quería. Creo que lo había dicho por eso.

- ¿No quieres? ¿Entonces por qué besas así?

- Creo que la gente debe esperar a conocerse.

- Algunas veces no hace falta mucho tiempo.

- No quiero hacerlo.

Salté de la cama, me puse mis calzones y llamé a la puerta de Bobby y Valerie.

- ¿Qué pasa? –preguntó Bobby.

- No quiere joder conmigo.

- ¿Y qué?

- Vamos a nadar un poco.

- Es tarde. La piscina está cerrada.

- ¿Cerrada? Hay agua, ¿no?

- Me refiero a que están apagadas las luces.

- Me parece bien, ella no quiere joder conmigo.

- No tienes traje de baño.

- Tengo mis calzones.

- Muy bien, espera un momento…

Bobby y Valerie salieron con unos bonitos trajes de baño perfectamente ajustados. Bobby me pasó un porro de colombiana y yo le di una calada.

- ¿Qué pasa con Cecilia?

- Química cristiana.

Fuimos a la piscina. Era verdad, las luces estaban apagadas. Bobby y Valerie se tiraron juntos a la piscina. Yo me senté al borde, con las piernas metidas, bebiendo a morro de la botella de vodka.

Bobby y Valerie salieron juntos a la superficie. Bobby se vino nadando hasta el borde de la piscina. Tiró de uno de mis tobillos.

- ¡Vamos, so mierda! ¡Muestra tus cojones! ¡ÉCHATE!

Tomé otro trago de vodka, luego dejé la botella. No me tiré. Entré con cuidado poco a poco. Luego me solté. Era extraña la sensación del agua a oscuras. Me sumergí lentamente hacia el fondo. Medía uno noventa y pesaba más de cien kilos. Esperé a tocar el fondo y entonces subir dándome impulso. ¿Dónde estaba el fondo? Allí estaba, y a mí apenas me quedaba oxígeno. Me impulsé. Subí lentamente. Finalmente rompí la superficie.

- ¡Qué se mueran todas las putas que me han tenido entre sus piernas! –grité.

Se abrió una puerta y un hombre salió corriendo de un apartamento de la planta baja. Era el administrador.

- ¡Hey, no se permite nadar a estas horas de la noche! ¡Las luces de la piscina están apagadas!

Nadé hasta donde él estaba, llegué al borde de la piscina y le miré.

- Oye, mamón, me bebo dos barriles de cerveza diarios y soy luchador profesional. Soy por naturaleza un ser amable, ¡pero pienso nadar a estas horas y quiero esas luces ENCENDIDAS! ¡AHORA! ¡Sólo te lo voy a decir una vez!

Me alejé nadando.

Las luces se encendieron. La piscina se iluminó brillantemente. Era mágico. Me acerqué hasta donde estaba el vodka, lo agarré y tomé un buen trago. La botella estaba ya casi vacía. Miré hacia abajo y vi a Valerie y Bobby nadando en círculos entre sí bajo el agua. Eran buenos haciendo esas cosas, ligeros y ágiles. Qué raro que todo el mundo fuera más joven que yo.

Acabamos con la piscina. Me dirigí a la puerta del administrador con mis calzones mojados y llamé. Abrió la puerta. Me gustaba.

- Eh, colega, ya puedes quitar las luces. He acabado de nadar. Eres un buen tipo, hombre, un buen tipo.

Regresamos al apartamento.

- Tómate una copa con nosotros –dijo Bobby–, sé que estás algo jodido.

Entré y me tomé dos.

Valerie dijo:

- ¡Mira, Hank, tú y tus mujeres! No puedes jodértelas a todas, ¿lo sabes?

- ¡Victoria o muerte!

- Duérmela, Hank.

- Buenas noches, chicos, y gracias…

Volví al dormitorio. Cecilia estaba tumbada boca arriba y estaba roncando, “Gzzz, gzzz, ggzzz”…

Me pareció gorda. Me quité los calzones húmedos, subí a la cama y le sacudí el hombro.

- Cecilia, ¡estás RONCANDO!

- Oooh, oooh… lo siento.

- Está bien, Cecilia. Es igual que si estuviésemos casados. Ya te cogeré por la mañana cuando esté más fresco.

81

Un ruido me despertó. Todavía no había mucha luz. Cecilia estaba de pie, vistiéndose.

Miré mi reloj.

- Son las cinco de la mañana. ¿Qué estás haciendo?

- Quiero ver salir el sol. ¡Adoro las salidas de sol!

- Se nota que no bebes.

- Volveré. Desayunaremos juntos.

- No he sido capaz de tomar un desayuno durante cuarenta años.

- Voy a ver el amanecer, Hank.

Encontré una botella de cerveza sin abrir. Estaba caliente. La abrí y me la bebí. Luego me dormí.

A las 10:30 de la mañana, alguien llamó a la puerta.

- Adelante.

Eran Bobby, Valerie y Cecilia.

- Acabamos de desayunar –dijo Bobby.

- Ahora Cecilia quiere ir a dar un paseo por la playa con los pies descalzos –dijo Valerie.

- Nunca había visto el Océano Pacífico, Hank. ¡Es tan bonito!

- Me vestiré…

Caminamos por la playa. Cecilia parecía feliz. Cuando las olas llegaban hasta sus pies gritaba.

- Seguid vosotros –les dije–, yo voy a buscar un bar.

- Voy contigo –dijo Bobby.

- Yo vigilaré a Cecilia –dijo Valerie…

Encontramos un bar cercano. Había sólo dos sitios vacíos. Nos sentamos. Bobby tenía a su lado un hombre. Yo, una mujer. Pedimos nuestras bebidas.

La mujer que estaba junto a mí tendría unos 26 o 27 años. Algo la había desgastado, sus ojos y boca perecían cansados, pero a pesar de ello mantenía una expresión firme. Su pelo era oscuro y bien peinado. Llevaba una falda y tenía buenas piernas. Su alma era puro topacio y podías verlo en sus ojos. Pegué mi pierna a la suya. Ella no la apartó. Acabé mi bebida.

- Invítame a una copa –le dije.

Ella llamó al camarero.

- Un vodka-7 para el caballero –le dijo.

- Gracias…

- Babette.

- Gracias, Babette. Me llamo Henry Chinaski, escritor alcohólico.

- Nunca he oído hablar de ti.

- Lo mismo da.

- Tengo una tienda junto a la playa. Joyas y baratijas. Sobre todo baratijas y porquerías.

- En eso nos parecemos. Yo escribo muchas porquerías.

- ¿Si eres tan mal escritor, por qué no lo dejas?

- Necesito comida, refugio y ropa. Invítame a otra copa.

Babette hizo un gesto al camarero y recibí una nueva copa. Apretamos juntas nuestras piernas.

- Soy una rata –le dije–, estoy estreñido y no se me levanta.

- No sé nada de tus intestinos, pero eres una rata y sí se te levanta.

- ¿Cuál es tu número de teléfono?

Babette buscó una pluma dentro de su bolso.

Entonces entraron Cecilia y Valerie.

- Oh –dijo Valerie–, aquí están estos cabritos. Te lo dije. ¡En el bar más cercano!

Babette se deslizó de su asiento. Salió por la puerta. La vi a través de la luna. Se alejaba por la acera y tenía todo un cuerpo. Era elástico y esbelto. Resbalaba contra el viento. Luego desapareció.

1 de noviembre de 2009

-Muerto en vida- (15ª Entrega)

Viernes, 27 de octubre de 1995, Santiago de Compostela (1ªparte)

Hoy es el día –tiene que ser hoy-. Estoy harto ya de seguir una pista extraña, como si persiguiera a una sombra, o a un fantasma, mejor: sombra suena a alucinación y de momento loco no estoy, aunque podría; debo tener un espíritu fuerte.

Esta noche he vuelto a soñar, o más bien, he vuelto a acordarme de los sueños. No ha regresado el martirio onírico repetitivo de cuando estaba dentro de un ectoplasma expulsa fluidos, alegoría, creo yo, de toda la mierda que tengo dentro. No. Esta vez ha sido peor. He soñado conmigo mismo, por duplicado, y mi imposibilidad de destrucción –suena a superhéroe, pero no, más bien superjodido, diría yo-. Bueno, este es mi corto mental surrealista:

Entraba en un bar, era diferente, pero tenía la conciencia de que era el Tuto; me apoyaba en la barra, pedía algo y entablaba conversación con diversa gente. Me sentía joven y jovial, como si fuera otro, o quizá yo mismo, pero en otro tiempo. Al rato vislumbro a un tipo sombrío que está al final de la barra, tiene el abrigo y el sombrero puesto, me acerco a él, y le pregunto algo –no sé el que-, me contesta hoscamente, pero sigo insistiendo; él hace caso omiso a mi porfía y a mi presencia. De repente eleva el rostro y lo vuelve hacia mí: era yo mismo, aunque desvirtuado, desmejorado –cómo supongo seré ahora, cuando estoy borracho al menos-. Pero me quedo impertérrito –no sé por qué no me asusto-, y sigo sondeándole inútilmente. Entonces él –o yo, o cómo sea- comienza a despotricar contra mí, echándome en cara mil pestes, soltando injurias con cada espumarajo. Yo sigo impávido, sin mostrarme ofendido ni nada. Vuelvo a mi sitio y comienzo ha analizar a aquel tipo –sin percatarme de que somos iguales-. De súbito en mi cabeza empiezan a aflorar críticas encendidas como palomas echan a volar cuando cruzas una plaza mayor en época. En una rápida mutación, esas críticas, que parecen nacer de un conocimiento minucioso, e incluso real, del tipo sometido a estudio, es decir, yo, se convierten en insultos, calumnias y esputos lingüísticos, que cada vez se alzan en mí con mayor ira. Entro en cólera, el furor no me deja respirar; lo que ocasiona que todo comience a desmoronarse –la imagen es similar a una fotografía antigua quemándose lentamente-, las formas se contornean, todo se desfigura, los cuerpos comienzan a derretirse, todo desaparece poco a poco en una amalgama de formas imperfectas, abstractas, y colores difusos, desvaídos. La nada. Lo siguiente que se ve es el vacío –negro en este caso-. Pero, aparte de ello, hay algo más. Claro que hay algo más. Yo. Yo en un estado de privación sensorial en que sólo mi cerebro da señales de vida; o quizá solo ella, mi mente, mi psique, flotando; o… una voz que resuena con fuerza. No puedo precisar el qué, pero hay algo que recita: “no podrás morir, no podrás escapar”, y sigue: “no podrás huir de una vida cíclica y abominable”. Estas frases se repiten una y otra vez, una y otra vez… –no entiendo cómo no me han despertado; madrugando el día, me ha encontrado casi al revés en la cama, y las capas de fino blancor desperdigadas por la habitación-.

Una vez despierto, las recuerdo, las susodichas frases, y no puedo olvidarme.

Suelo interpretar mis sueños, y, aunque éste es sencillo, no lo destriparé ni descifraré; a nadie le gusta mirarse por dentro y descubrir un estercolero.

Salgo de la cama, me introduzco en el baño -estoy totalmente desnudo; no sé por qué-, me miro en el espejo. Ahí estás, ¿eh? Sombra de mi mismo, miasma encarnada, astuta suplantación. ¿Cómo te atreves a robarme la vida?

Vuelvo en mí. Siento miedo al observar objetivamente. No quiero perder la cabeza. Me doy cuenta de que sólo es mi propia imagen reflejada en un espejo –suerte que la raja que luce me ha arrancado de la fantasía, si no hubieran sido mis nudillos los que también la lucirían-. Me lavo la cara, mi cara. Me vuelvo a mirar. Observo detenidamente. Hay que ver lo dejado que soy, debería afeitarme un día de éstos.

No sé si ha sido mi “maravilloso” sueño, pero ni pizca de resaca: hoy no saco mis pastillas a pasear, espero que me perdonen.

He de coger ánimo, aguzar mis sentidos y matar el caso de una vez: una copita me vendrá bien –pa´calmar los rescoldos del sueño-.

Camino al mueblebar, descubro una carta junto a la puerta, parece certificada -grave negligencia de quien la haya traído-: llamaría sin obtener respuesta hasta optar por lo más fácil. Veamos… Joder, de la comisaría. ¿Qué querrán? Me lo puedo suponer… Me citan a la 13.30. Ya veré si voy, lo primero es lo primero.

Asomo mi mirada por la vieja ventana del despacho, con mi “copita”. La calle refleja la amargura de no saber qué se supone que hacemos aquí, convictos de una vida prosaica, sin sueños ni memoria; sombras descarriadas, destinos perdidos por nosotros mismos: Casas Reales, vieja y olvidada, y sin embargo llena de vida. No debería dejar que los matices me engañen. Sólo es oscura, como un lienzo de William Turner en el que al fondo aparece la luz que llegará. Aun así, nunca un bourbon me supo tan amargo. De nuevo las palabras malditas vuelven a repiquetear en mi cabeza…

Desayuno metílico y no salgo de mi morada sin antes haber cogido todo lo necesario para esta jornada -incluidas las hermanas Christine y Léa Papin*1, así como mi querida y valiosa LOMO LC-A*2, la cual no suelo exponer a peligros, pero la necesidad de pruebas me obliga-, y apercibirme de la hora en la que me muevo: las 12.33.

Piso la calle, acaba de empezar a llover. Mejor dicho arrecia, pero no subo a por el paraguas; prefiero mojarme, no vendrá mal. La cabina más cercana me espera. Descuelgo, la doy de comer –no sé qué me ha dado “ahora” con el animismo- y marco…

- ¿Sí?

- ¿María?

- Sí, soy yo.

- Soy Charly, necesito hablar contigo urgentemente.

- Me acabo de levantar, no he ido a clase y no quiero salir de casa.

- ¿Quiere decir eso que me acerque?

- Sí, si quieres hablar en persona.

- De acuerdo, hasta ahora.

- Hasta ahora –se despide sordamente.

Tiene la voz y el carácter agrio, como si hubiera salido ayer y la noche se le indigestara.

Guío mis pasos inconscientemente. Mientras, pienso en ese tipo, mi principal pista, acerca del cual voy a sondear a María. Espero que tenga algo que ver, es el único “dato” que se relaciona con el resto del sociograma del caso. Él tiene o es la llave que abre la puerta del crimen. (…) Me traiciono a mí mismo y vuelve la jodida melopea, como cuando se te pega una canción que ni siquiera te gusta en contra de tu voluntad, pero aún peor.

(…)




*1 La metáfora hace referencia a sus dos pistolas, comparándolas con dos criadas, y hermanas, que mataron a su patrona y a la hija de ésta por un simple comentario desaprobatorio (“¿Y bien?”). Fue un encarnizado doble asesinato que, marcado por el enigma del móvil, horrorizo a toda la opinión pública y a los poderes estatales por su extremada crueldad: les sacaron los ojos, y los instrumentos utilizados para descuartizar se los intercambiaban. El crimen fue comparado con la imagen de dos perras rabiosas que muerden la mano del amo que les da de comer.

Jean Genet, un delincuente con pasión de escritor, se inspiró en esta historia y elaboro una obra genuina del teatro contemporáneo: Las criadas.

Es curioso, en la vida de las asesinas, y significativo, en la metáfora, que ellas fuesen vírgenes, y, tras el doble homicidio, se les cortara el ciclo menstrual, como si esto fuese lo único que engendrarían.

*2 Cámara fotográfica compacta de la marca soviética LOMO.